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Quique Medina rememora la gesta histórica de 1989

Redacción Deporpress | Con un pómulo roto durante una hora de encuentro, Quique Medina aguantó como un jabato en un Benito Villamarín que se había vestido de gala para firmar una machada: convertirse en el número 12 que remontara el 4-0 del Heliodoro al CD Tenerife. Pero los béticos se encontraron con un grupo humano comprometido, bien dirigido por Benito Joanet, que no sucumbió desde dentro a la euforia para guardar la renta que llevó al ascenso a Primera y la semilla de una década prodigiosa en la élite. El tinerfeño, ahora en las filas de la secretaría técnica, rememora en Deporpress el  “mejor recuerdo de mi carrera deportiva”.

Sevilla esperaba con ansias el deseo de venganza. Un ambiente infernal en el templo bético que los blanquiazules superaron con nota alta. Y en cuya semana previa, mantuvieron los pies en el suelo para evadirse de la euforia latente en el entorno. “Fue una semana atípica. La gente estaba eufórica, pero nosotros queríamos alejarnos de eso. Sabíamos que íbamos a un campo de Primera, donde la afición era un plus importante para el Betis. Allí, el club y la Selección Española habían logrado hitos importantes. Marchamos con mucha cautela”.

Una sobriedad cuyo propósito se cumplió en el césped. “Benito Joanet insistió mucho durante la semana en el mismo mensaje: son 180 minutos, no 90. Nada estaba hecho. Había que luchar hasta el último segundo porque sabíamos que tendrían su momento y, si marcaban pronto, podrían hacernos daño con el plus de su afición”. Pero el CD Tenerife fue bien preparado, como añade Medina. “Cerramos bien atrás con tres centrales. Fue un partido completo donde incluso fallamos un penalti. Pudimos hacer daño al contragolpe”.

Como añadíamos en la entradilla, fue un partido bronco. El colegiado, Joaquín Ramos Marcos, permitió un juego bastante sucio.Poli Rincón –acabó expulsado por doble amarilla- me dio un codazo y me rompió el pómulo. Estuve sufriendo el resto del partido, pero aguanté. Recuerdo muchas patadas a Rommel y otros compañeros que, en cualquier otro partido, habrían terminado en expulsión”. Aún así, el Betis no tuvo opción. El gol del que posteriormente vestiría de blanquiazul, Chano, fue insuficiente a diez de la conclusión. “Intentamos mantener la puerta a cero durante gran parte del partido. Y lo logramos. Ese 4-1 del cómputo global refleja lo que fue la eliminatoria”, recuerda con anhelo Quique.

Una plantilla que se evadió de los problemas extradeportivos, con un alto compromiso en su grupo humano. Y dentro de un ambiente enrarecido por las famosas primas. “Fue complicado. Desde la prensa, se vendió que queríamos recibir dinero por perder, cuando no era así”, relata el exfutbolista blanquiazul. “Queríamos una prima por llegar a la promoción, ya que el club estaba teniendo una taquilla enorme. Y nosotros, como partícipes de ello, queríamos una recompensa por ser parte de esa promoción de ascenso a Primera. Hubo discrepancias, malentendidos y todo se salió de madre. Pero al final, Javier Pérez y el resto de capitanes nos centramos en lo verdaderamente importante”.

Quique Medina también recuerda todo el pospartido: desde el pitido final del árbitro hasta la llegada a la isla. “Era una auténtica locura. Cuando pitó, todos los jugadores queríamos abrazarnos, pero a la vez estaba huyendo de todo el mundo para que nadie me tocase la cara, pues me dolía bastante por ese pómulo roto. Se me había pasado el efecto de los calmante y, dos días después, pasé por quirófano”.

Recoger semejante premio fue toda una liberación para Medina. “Las dos semanas previas desde que nos clasificamos para la promoción hasta firmar el ascenso… fue difícil, acumulamos mucha tensión. Sabíamos que nos tocaba el Betis. Volver a la élite supuso dejar fluir toda esa tensión contenida: quitarse un peso; abrazar a todo el mundo, desde compañeros, cuerpo técnico, médicos… Éramos una auténtica piña”.

El actual miembro de la secretaría blanquiazul no olvidará nunca esas fechas. “Una vez llegamos al hotel de Sevilla para cenar, había muchísimos aficionados birrias esperándonos. Fue una locura de fiesta. Y cuando fuimos a aterrizar en Tenerife, el piloto del avión nos dijo que no podía porque la gente había invadido la pista”, describe. Anécdotas que inundan el germen del fervor birria. “Los bomberos sacaban a la gente con el agua. La cola de coches llegaba desde Santa Cruz al aeropuerto del sur. Cuando sientes eso, te preguntas: qué has hecho para provocar esa marea de euforia”.

Medina cree que ahí se creó la semilla de cultivo de la pasión por estos colores. “Siempre ha habido amor por el ‘Tenerifito’, pero digamos que el germen nace a raíz de ese ascenso. Fue tan multitudinario que no recuerdo haber visto nada igual. Es el mejor recuerdo de toda mi carrera deportiva con diferencia, tanto dentro como fuera del campo. Luego, tuve dos ascensos a Segunda, uno como futbolista y otro como director deportivo, pero como el de 1989 ninguno. Significó muchísimo para el pueblo de Tenerife, pues venía gente de todos lados: Puerto de la Cruz, Las Américas… todos hacia la capital para disfrutar del ‘Tenerifito’. No lo había vivido nunca; y creo que volver a sentir algo tan grande será difícil”, confiesa.

Porque aquel 2 de julio de 1989 sería el principio de una década dorada. “Fue el inicio de lo que vendría después. Lo importante fue subir, pero al año siguiente, logramos ese gol in-extremis de Eduardo Ramos para firmar la permanencia. Siempre se dice que cuando uno sube a Primera, lo difícil es mantenerse durante el primer año. Y lo logramos después del 0-0 en el Heliodoro. El ascenso fue el punto de partida para vivir todo eso”, relata.

Porque Quique lo tiene claro: él es del ‘Tenerifito’. “Cuando hablan del ‘Tete’, yo digo que soy más del ‘Tenerifito’; como birria, ‘Tete’ me suena a 2.0 y nunca me sale decirlo. El ascenso del 89 fue el más grande y multitudinario”.