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Crédito

por @juanjo_ramos

Reconozcamos que el CD Tenerife fue mucho más reconocible contra el Málaga que 72 horas antes en su visita al Fuenlabrada. En el Heliodoro mereció la victoria. Apenas concedió llegadas al rival, recuperó agresividad y buscó la portería contraria con tanto ahínco como falta de puntería. Sus 18 remates así lo atestiguan.

Reconozcamos también que el balance de un punto sobre seis posibles, ante dos rivales directos con los que además se pierde el average, resulta preocupante. Llegados a este punto, ¿qué responsabilidad tiene Rubén Baraja? 

En el Fernando Torres su equipo siguió a rajatabla el plan hasta el 0-0. Se trataba de que pasara poco o nada y de que la calidad tinerfeña acabara desequilibrando ante un Fuenla mucho más necesitado (no ganaba desde diciembre). Un error doble (Sipcic y Alberto) tiró por tierra la idea. Obligado a jugar a lo que no sabe, el fútbol de posición, naufragó durante 45 minutos.

El pasado lunes se vio en el mismo escenario. No fue por un gol en contra, sino por la expulsión de Keidi Bare. En ambos casos, Baraja equivocó el camino en el paso adelante. Tardó en mover ficha y sorprendió prescindiendo de Luis Pérez en ambas ocasiones. Suso, en cambio, no jugó en casa cuando sus condiciones de encarador, de futbolista de desborde, venían al pelo para dañar el entramado defensivo malagueño.

En estos encuentros, el técnico se ha empeñado en convertir en extremo a Lasure, en dar confianza a Nahuel, que no se va de nadie, y en condenar al ostracismo la frescura que pueden aportar Elliot o Jorge. Desespera que, ni contra diez, rompa la línea de 4 del fondo para buscar la victoria; que deje un cambio sin realizar o que repita con jugadores como Javi Muñoz, más aparente que efectivo en el juego.

Pero el problema no es la discrepancia. Ni siquiera estos dos resultados, que aún no dan para encender las alarmas. Es su proyección en el tiempo. Es de suponer que volverá la puntería, que aparecerá el copero y poco liguero Joselu o que Baraja tirará de la vieja guardia y la cantera cuando le haga falta.

El problema es que el Tenerife necesitaba y necesita una permanencia sosegada, con margen para trabajar y que no lastre el proyecto de la próxima temporada. Y esto último va ligado, entre otras cosas, al crédito del entrenador. Ocurrió con aquellas siete derrotas seguidas de Cervera en 2014, el dubitativo final de curso de Agné en 2015 o la pérdida de fuelle de Etxeberria en 2018.

La inmensa mayoría del tinerfeñismo hubiera renovado a Baraja antes del confinamiento. Dos partidos sin ganar después ya son algunos menos. Esa pérdida de confianza, irracional por dos tropiezos, no puede encontrar sustento racional en los nueve que quedan. O será el primer problema de la temporada 20/21.