Redacción Deporpress | Aitor Sanz cumplirá 36 años en el inicio de la próxima temporada. Será la octava campaña que defienda la camiseta del CD Tenerife. Se lo ha ganado a pulso. La renovación, anunciada este miércoles con la fórmula del 1+1 viene a refrendar el reconocimiento a su rendimiento. No tanto a su trayectoria. Porque su ejemplar comportamiento y su regularidad le hacen quizás acreedor a una vinculación más larga.
Fue en 2013 cuando la dupla Quique Medina-Álvaro Cervera alumbró la posibilidad de rescatar al centrocampista madrileño de la Segunda B, donde se había convertido en un pilar fundamental del Real Oviedo. Fueron casi un centenar de partidos y la sensación de enorme pérdida en la afición carbayona.
En la Isla se topó con jugadores consolidados como Ricardo León e Íñigo Ros, además de la joven promesa Quique Rivero. Su inicio fue dubitativo, con muchas tarjetas amarillas y una roja en la sexta jornada. Aquello le apartó temporalmente del once, pero Cervera sabía que era el jugador que representaba mejor su idea de juego. Sanz fue templando su ímpetu y forjó una pareja con el tinerfeño Ricardo que llevó a aquel recién ascendido Tenerife hasta el ‘playoff’. Su capacidad para apretar al rival, sus segundos esfuerzos y su lectura táctica de las situaciones defensivas le convirtieron en uno de los mejores especialistas de la categoría.
Desde entonces, fue indiscutible. A su puesto llegaron Vitolo, Marc Crosas, Rachid, Bryan Acosta, Luis Milla, Undabarrena y Racic. También se estrenaron canteranos como Cristo Díaz o Bolaños y volvió Alberto. El indiscutible siempre fue Aitor. Capital en la temporada del ‘playoff’, vio su sueño de jugar en Primera diluirse en Getafe aquel 24 de junio de 2017. Pero levantó la cabeza y volvió, ya como uno de los capitanes, a intentarlo al año siguiente.
Fue en aquella campaña, la 17/18, cuando vivió su peor pesadilla. Una lesión le dejó fuera de combate casi 18 meses. Su talón de Aquiles dijo basta. Forzó para volver y la situación empeoró. Trató de estar disponible para la siguiente pretemporada y recayó. Inició entonces un tratamiento conservador que le llevó a Vitoria durante meses. Aislado, sin sus compañeros ni la competición cerca, peleó para recuperarse. Pero no lo consiguió. La cirugía fue su única salida.
Pocos daban un duro por él. Pero Aitor se empeñó en volver. Quienes le conocen bien no tenían dudas de que lo haría. Trabajó todo el verano para incorporarse a la pretemporada y el 17 de agosto de 2019 volvió a sentirse futbolista. Fue en La Romareda y dejó destellos del jugador que fue. Los números de este curso lo dicen todo: 29 partidos, 2.328 minutos y destacado en las estadísticas globales de Segunda en número de pases y robos.
Como quiera que su evolución futbolística ha estado marcada también por la edad, y más recientemente por su lesión, Aitor ha ido incorporando mayor seguridad en el pase, así como criterio en la elaboración, además de una agudización del sentido de la anticipación en el apartado defensivo y una minimización de errores no forzados.
Ni siquiera su extraordinaria vuelta a los terrenos de juego aceleró el proceso de su renovación. El fracaso del proyecto de Víctor Moreno paralizó este apartado hasta después del mercado de invierno. Y en el transcurso del mismo, surgió el interés de Álvaro Cervera. «Es un jugador que conozco, que nos vendría muy bien, pero es capitán y juega mucho», llegó a decir en público. Lo intentó tanto el Cádiz que Aitor llegó a dudar. Pero su profesionalidad, el agradecimiento al Tenerife por el trato recibido durante su lesión y el compromiso como uno de los capitanes blanquiazules le hizo desistir.
En marzo llegó la primera oferta: un año. Como a los otros capitanes. Pero ninguno de ellos jugaba tanto como Aitor Sanz ni se presentó con propuestas de otros equipos. Su representante enfrió la negociación. Juan Carlos Cordero supo tener paciencia. El 1+1 elegido como fórmula final no es lo que querían las partes al inicio de las conversaciones. Pero arregla un matrimonio destinado a durar mucho tiempo. Primero porque a Aitor le queda cuerda para rato. Y segundo porque luego el Tenerife tendrá a un técnico en ciernes para sumar a su estructura. «Es un entrenador en el campo, ese jugador que todo técnico quiere en su equipo. Entiende bien el juego, sabe lo que pasa, vive para el fútbol». Son algunas de las definiciones de sus más allegados en el vestuario o el club.
Aitor se queda. El 16 seguirá robando, distribuyendo y mandando. Al entrenador en el campo le quedan muchas órdenes por dar, muchas cosas por aportar.