Por @josefelipem
Los horarios son uno de los principales enemigos del aficionado al fútbol. Atrás, muy atrás, queda aquello de «el domingo a las cinco» porque, para contentar a los operadores de televisión, lo mejor, según los que mandan, es escalonar los horarios. Así cualquiera puede ver todos los encuentros de una misma jornada en fines de semana maratonianos. El problema es aún mayor cuando se programan para que sean vistos en otros países.
Supercopas de España en Arabia Saudí o encuentros que quieren que se vean al otro lado del planeta porque el mercado asiático, en muchos aspectos, es sumamente goloso. En lugares como Alemania las aficiones se plantaron. Próximamente se acabará aquello de jugar en determinados horarios pero es que, paradójicamente, en una competición tan potente y tan bien vendida como la Bundesliga, el aficionado mantiene su peso y fuerza, mucha, para los directivos. En otros países, como España, eso parece, ahora mismo, algo utópico, pese a que aficiones como la del Alavés hayan llevado a cabo iniciativas tan originales como llamativas. Pero para conocer una que tuvo un gran impacto tenemos que marcharnos a Francia, concretamente a Lyon.
Lyon y Nantes tenían que verse las caras en un duelo anterior a que esa misma semana los primeros midieran sus fuerzas en Champions League con el RB Leipzig. Pero, además de para poder tener más tiempo de descanso, algo más provocó que el enfrentamiento tuviera lugar a partir de las 13.30 horas: iba a verse en China.
Enfadados, los integrantes del sector más radical del estadio Parc Olympique Lyonnais, el virage nord, intentó provocar a todo aficionado chino, quizás así querrían dejar de ver sus partidos. Justo cuando ambos equipos saltaban al césped, en ese fondo norte del recinto deportivo pudo verse un tifo que representaba la bandera del Tíbet con una sencilla frase: libertad para el Tíbet. En China, los operadores de televisión intentaron que no se apreciara. Para muchos es un verdadero tabú.
Tras la Segunda Guerra Mundial, China tuvo que sufrir una guerra civil entre los partidarios del Partido Comunista de Mao Tse-tung y el Gobierno de Xian Kai-shek. Es en 1949 cuando Mao, tras obtener la victoria, proclama la República Popular de China, teniendo que huir los seguidores de Xian Kai-shek al Tíbet. Mao había dado su palabra de liberar la montañosa región, por lo que, al mando del Ejército de Liberación Popular de China, expulsó a los seguidores y militares del anterior gobierno. Comenzaba, en 1950 un conflicto en el que los tibetanos han pedido siempre la independencia, o mayor autogobierno, y China, amparándose en que había logrado erradicar los privilegios de la aristocracia tibetana, y de sus monjes, aún con leyes feudales y latifundistas, siempre quiso tutelar la región.
A partir de ese momento, se suceden numerosos desencuentros, siendo utilizado el Tíbet como punto caliente de la Guerra Fría, con un gobierno chino que, tras la llegada de Den Xiaoping al poder, reinstauró la libertad de culto en la zona. Mientras todo eso se producía, grandes aliados tibetanos, como Estados Unidos a través de la CIA, iban retirando su apoyo. A día de hoy, pese a que continúan las reivindicaciones, la realidad es que los independentistas tibetanos, la mayoría en el extranjero y apoyados por estrellas del cine y la música, han perdido muchísima relevancia. Las nuevas generaciones son, y quieren ser, chinas.
Aquel día, la afición del Lyon logró irritar, seguramente, a muchos chinos, pero su liga, con oficina abierta en Pekín, continuó disputando partidos a horarios muy propios del fútbol moderno y muy poco del aficionado.