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El presidente que conoció el infierno

Por @josefelipem

Kurt Landauer era un buen presidente. Su amor por el Bayern era más que evidente, pese a que era el Munich 1860 el que había nacido antes y el club que representaba más a la ciudad. Había llegado a jugar en su equipo filial y no se le daba nada mal lo de jugar a fútbol, pero su marcha a Suiza por motivos de estudios hizo que el sueño de ser futbolista se esfumara, aunque no por así por el club de sus amores.
Cuando regresó a Alemania quiso trabajar por el club y, tras defender a Alemania en la Primera Guerra Mundial, llegó a la presidencia de la entidad con una idea visonaria: quería profesionalizarla. Logró, de este modo, que el Bayern ganara su primera liga en 1932, comenzando un idilio con el éxito que llega hasta hoy en día. Pero, entonces, loz nazis llegaron al poder. Kurt era judío.

Realmente, como sucedía con el Ajax o el Tottenham, el Bayern por aquel entonces era considerado un club judío. Su presidente lo era, también su entrenador como varios de sus jugadores. Para colmo de males, algo que sigue levantando ampollas en Alemania, más aún tras una investigación por parte de la federación de aquel país sobre el fútbol en los años del nazismo, el Múnich 1860, su rival en la ciudad, era considerada una entidad afín a la esvástica, por lo que estaba claro que el Bayern, y muchos de sus trabajadores. iban a pasarlo mal en la mayor pesadilla que ha sufrido la humanidad.

En la terrible Noche de los Cristales rotos, Kurt fue detenido y deportado al campo de concentración de Dachau, donde permaneció 33 días después de que sus hermanos fueran asesinados. Nunca supo más de su hermana. El caso es que, aún con el delirio nazi antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial, que Landauer, y otros ciudadanos, hubieran defendido a su país en la Primera Guerra Mundial fue suficiente para que fuera liberado. Nada sería igual para él.

Las autoridades que ya lo habían obligado a que dejara el cargo de directivo, acosaron a la entidad, que siempre fue rebelde. Para los jugadores, Kurt seguía siendo su presiente y ellos, judíos, por lo que era bastante habitual que se vieran envueltos en peleas con miembros de las Juventudes Hitlerianas. Aquella presión hizo que Landauer se marchara nuevamente a Suiza, protagonizando uno de los momentos más emocionantes de la historia del club.

En 1943, el Bayern jugó en Ginebra ante la selección de Suiza. Durante el himno alemán, los jugadores muniqueses se negaron a hacer el saludo nazi y no dudaron en acudir a saludar a un Kurt Landauer que se encontraba en la grada viendo al equipo de sus amores.  La Gestapo comunicó lo sucedido, reforzando aún más la presión en una entidad en la que había metido, en todos sus estamentos, elementos nazis para que aquello del club judío fuera cosa del pasado.

En 1947 logró regresar a Alemania para marcharse a Nueva York, pero otra vez el Bayern se cruzó en su camino. Landauer se quedó en la ciudad, siendo presidente hasta 1951 para poder reconstruir a los bávaros antes de morir, en 1961. Como sucedió con Alemania en todo lo refrente a la época más oscura de su pasado, existió cierto tabú hasta que se reconoció y mostró al mundo la historia de uno de los dirigentes más importantes de su andadura. Por eso, cuando el 2 de febrero de 2014, en la previa del Bayern-Eintracht, se desplegó un tifo con la imagen de Landauer, el estadio del Bayern, el club que nunca se doblegó al nazismo, protagonizó una atronadora ovación. Al final, su reconocimiento había llegado.