Por @PatriciaRLosada
A casi 2.000 km de casa y con el mar de por medio, la cuarentena se vive diferente. Por delante, como mínimo, 14 días de aislamiento, teletrabajo e incertidumbre en Madrid.
Aquí, esta sensación de alerta social empezó antes que en Canarias, de hecho, solo la capital sigue teniendo alrededor de la mitad de los afectados por coronavirus de todo el país.
Hace tres semanas comenzaron, sin demasiado revuelo, los controles aeroportuarios en Barajas a viajeros que venían de Milán en un primer e ineficaz intento por controlar una pandemia que, aunque no haya terminado, es evidente que a España también se le acabó yendo de las manos.
El día 9 se decretó la suspensión de clases en la Comunidad de Madrid y, aunque no entraría en vigor hasta dos días después, fue el anuncio que desató el caos. Carteles de “no quedan mascarillas ni geles desinfectantes” en las farmacias, pero tampoco alcohol 96º o termómetros. Los supermercados llenos de gente y las estanterías vacías (sí, también se agotó el papel higiénico).
Personalmente, es mi sexto día de cuarentena (muchos residentes en Madrid llevamos aislados desde antes de que el Gobierno decretara el estado de alarma). Salvo por una tarde que tuve que trabajar en la redacción, llevo casi una semana ejerciendo esta profesión, que tanto defiendo que debe hacerse en la calle, desde de mi casa.
Las planillas de noticias de las últimas tres semanas han sido día sí y día también un constante: “coronavirus” precedido por el nombre de cualquier país del mundo. Ya no se cubre cultura o deportes, todo está paralizado. COVID-19 es ahora mismo el nombre de prácticamente la única sección de todos los medios de comunicación, y con razón.
Aun viendo, desde la perspectiva de cubrir información internacional, el avance de este virus en otros lugares, sorprende la rápida propagación que está teniendo en España y las tardías políticas nacionales y autonómicas para evitarlo. Entre otras medidas, es probable que lo más sensato hubiera pasado por confinar Madrid, aunque eso supusiera para muchos quedarnos “atrapados” en una ciudad que no es la nuestra. De ejemplo estaban China o Italia para hacernos una idea del alcance que esto podía llegar a tener.
Detrás, otros países condenados a repetir los mismos errores: Francia, en fase 3 de la epidemia por coronavirus, mantuvo y celebró elecciones municipales este 15 de marzo.
La situación ha cambiado mucho en una semana, de la incredulidad de la gente que pensaba que los afectados serían casos aislados a vaciar por completo las calles y lugares emblemáticos de la capital, aunque para ello hayan tenido que mediar las prohibiciones. La desconfianza de días atrás se ha tornado en desazón y cabezas cabizbajas en medio de unas farmacias y supermercados ahora desiertos.
El desenlace de esta cuarentena lo veré desde Madrid, teletrabajando. Haciendo periodismo desde el “encierro” (esta vez, diría incluso que por suerte).
La forma de vida y los planes nos han cambiado mucho y muy rápido, obligados a adaptarnos temporalmente a esta nueva circunstancia. En mi caso: de la redacción a la conexión remota o de lo que habría sido ir al Fernando Torres el pasado sábado a echar de menos al CD Tenerife, aun sabiendo que ahora lo que menos debe preocuparnos es el fútbol.
Lo más fácil habría sido irme a casa, a la de verdad: a Tenerife. Trabajar 15 días a distancia a través del ordenador, cerca de mi familia y en mi Isla. Pero no son tiempos de pensar en el “yo” y en los que nos gustaría o desearíamos hacer, sino de ser responsables, tener empatía y, sobre todo, consciencia social.