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¡Sí, se puede!

Redacción Deporpress | Caer con la cabeza alta. El Tenerife dice adiós a la Copa del Rey, pero con un orgullo tremendo. Un mes de enero mágico en el torneo del KO donde los aficionados birrias han vuelto a disfrutar y sentir honra de los suyos. Porque querer es poder. Solo la tanda de penaltis evitó un premio gordo: llegar a los cuartos de final. Pero la imagen de los catorce guerreros blanquiazules es de aplaudir. ¿El único pero? Sin final feliz.

Se vivió un inicio que ni el más optimista habría firmado. Los insulares se encontraron con un doble premio de forma madrugadora: expulsión de Iago Herrerín en un claro derribo y una consiguiente falta cuyo lanzamiento terminaba golpeando en las manos de Iñaki Williams. Joselu tiraba de sangre fría para mandarla a la cesta. Era el guion perfecto.

Pero el lema de ‘leones’ no es gratuito. Los vizcaínos nunca se rinden. Sacaron toda su casta para reponerse a un doble golpe. Y en inferioridad numérica. Porque la suerte también cuenta. Iñaki Williams se encontraba con un rebote en el pecho de forma involuntaria que acababa dentro de los palos de Ortolá. Vuelta a empezar.

La superioridad numérica seguía vigente. La carta de presentación de Joselu se mantiene intachable: doblete tras un preciso servicio de Elliot donde el nuevo fichaje blanquiazul aparecía como un ratonero de área para empalmarla a la red. El Heliodoro disfrutaba y soñaba con lo más difícil. El Tenerife de las proezas iba por buen camino.

Todo marchaba sobre ruedas. Hasta que otro error de precisión en la salida del balón dio un aire extra al Athletic que Williams no fallaría, lanzándose como un rayo y definiendo a la perfección mano a mano. Derribar al segundo equipo más glorioso de la historia de la Copa -23 títulos- no es nada fácil. Y los de Garitano estaban cumpliendo su ritual: luchar hasta que no haya solución.

Otra prórroga esperaba. Al esfuerzo del derbi, del pase ante el Valladolid o los 90’ en casa contra el Girona se unían treinta minutos extra. Pero los casi 18.000 presentes daban ese aliento extra a los de Baraja. Competir hasta que no quedase una gota más de sudor en el depósito. El Athletic resistía en inferioridad, pero rugiendo frente a un volcán que se envalentonaba. Nahuel sacaba premio con otra pena máxima por derribo dentro del área. Dani Gómez la mandaba a guardar.

El cielo estaba cerca. Los birrias volvían a desplazarse a esos gloriosos 90 de tantas alegrías, donde los colosos salían de vacío del conjuro del Heliodoro. Lo que pasa es que el Athletic es mucho Athletic. La calidad de sus titulares daría otro zarpazo para minar la moral de los anfitriones con un chut inapelable de Yuri que congelaba el templo. No había otra más que aplaudir el gol, rendirse al esfuerzo de ambos equipos y rezar para la tanda de penaltis.

Porque la lotería no es tan lotería. Un tópico o creencia cuyos creyentes son cada vez menos. Los bilbaínos llegaban de superar otra ronda igual en el Martínez Valero, además con el añadido de reponerse a tres goles en contra con un hombre menos durante mucho tiempo en el césped -94 de 120 para ser exactos-. Confiaron los de Garitano y fueron más precisos en sus lanzamientos.

El Tenerife despertaba de su sueño, pero con la cabeza más alta que los 3.718 metros del Teide. Un equipo del que sentirse orgulloso. Y una Copa preciosa que ha servido para inyectar una dosis de moral enorme a todo el entorno de cara a la lucha por la permanencia. Porque como decía la afición desde el graderío: Sí, se puede.