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La desesperación frena la ilusión

Redacción Deporpress | Cuando parece que se respira un mínimo de optimismo, el Tenerife cae de bruces contra la realidad. La afición blanquiazul aplaza su sentimiento de esperanza provisionalmente. Justo en el momento donde podría haberse dado un buen bocado a la zona noble de la clasificación. Todavía es pronto, pero se escapa una primera oportunidad.

Los blanquiazules vivieron una pesadilla en el Heliodoro frente al Fuenlabrada. La candidatura de recién ascendido era un factor trampa del que avisaba el propio Garai. “Nos equivocamos gravemente si pensamos que el Fuenlabrada será fácil”. Y de qué manera. Los de Mere presentaron una tablas solventes en el recinto capítulo. Porque su situación en la tabla –puestos de playoffs con un partido menos- no es fruto de la casualidad. Un equipo compacto, serio, con el ADN colectivo bien interiorizado. Sin grandes lujos, con una plantilla sin nombres de relieve, pero que compite como pocos. Una verdadera piña.

Cayó el Tenerife en su juego. Lento en la velocidad de circulación, sufría mucho ante los cambios de presión ejercidos por los visitantes. Facilitaban con un juego previsible, sin chispa; en definitiva, las virtudes del contrario (que eran muchas). Ni un mínimo resquicio de ese equipo que apabulló en el Carlos Belmonte o que hizo sufrir durante tramos de la segunda mitad a los ilicitanos en el Martínez Valero. Mucha interrupción, poco fútbol. El guion deseado para quien juega lejos de su casa.

Las rotaciones serían el primer presagio. Garai, con el firme deseo de dar descanso y oportunidades, dejaba a dos de los mejores en las últimas dos citas fuera: Álex Bermejo en el banco –no sumó minutos- y Carlos Ruiz fuera. Dos futbolistas que venían de dulce y que probablemente, aun siendo ventajista, podrían haberse echado de menos este domingo en el HRL.

Mejoró la cara en el ecuador tras el descanso. El Fuenlabrada perdía fuelle, fruto también de unas fuerzas que flaqueaban por el proceso vírico que les había afectado entre semana. Más fresco el Tenerife, aún con mayor carga de partidos, llegó el mazazo. Ibán Salvador sacó, en una película que se repite demasiado, los colores a la defensa para plantarse mano a mano y congelar el Heliodoro.

Se perdieron entonces los estribos. El primero: Nahuel Leiva, quien se calentó en exceso negando el saludo a su míster y pagando su cabreo con una botella de agua. Revoluciones multiplicadas que terminaron también con Mazán fuera de juego, expulsado por doble amarilla ante un riguroso arbitraje de Jorge Figueroa Vázquez que no pasó ni media. La explosión definitiva llegaría en rueda de prensa con el monumental enfado de Garai, exteriorizando toda su frustración, con más o menos razón, que podría tener consecuencias inmediatas.

Y es que un terremoto llamado Fuenlabrada sacó de quicio a todo un Tenerife, mandándolo directamente al manicomio en un ataque de locura expansiva, en su apreciado templo. ¿El futuro? A corto plazo, una semana larga y mente en la cita de Lugo.