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Balón

Por @rondoscutillas

El CD Tenerife descomprimió la angustia que suele envolverlo en las primeras jornadas de cada campeonato. Consiguió ante el Numancia la primera victoria del curso (3-2) y lo hizo fiel a su estilo. Intentó tener la posesión más que el rival y, desde esa premisa, trató de tomar el timón del partido y ser mejor que su adversario. Lo consiguió en muchas fases del encuentro y, cómo no, también volvieron a aparecer otras señas de identidad que no hay manera de borrar por el lado negativo. Hubo errores individuales que costaron goles –esta vez fue Nikola Sipcic el autor de dos descomunales pifias–, y la consecuencia fue que el Heliodoro tuvo que vivir otro epílogo con el corazón en un puño porque el marcador era más exiguo de los méritos contraídos por unos y otros.

La parte buena, dentro de los típicos vaivenes de cada inicio de temporada, es que la ansiedad por lograr el primer triunfo ya se ha disuelto. Todos sabemos lo que sucede –recuérdese sin ir más lejos lo ocurrido la campaña anterior con Joseba Etxeberria— cuando esa circunstancia se resiste y lo importante que es no encender las urgencias por puntuar o sembrar de dudas un proyecto cuando la Liga anda aún desperezándose.

Así que, con el crédito del primer éxito validado, ahora solo cabe esperar a que el equipo que dirige Aritz López Garai logre ganar fuera de casa y, de ese modo, se deshaga de otra pesada dinámica con la que ha tenido que cargar en los últimos años. Vencer como visitante antes de que se inicie la segunda vuelta ha sido un lastre pesadísimo. Equivale a ese monstruo de la última pantalla de una fase de cualquier videojuego que cuesta superar y que te impide seguir avanzando. No das con la fórmula hasta que un buen día, por insistencia y aprendiendo de los errores cometidos en cada intento anterior, logras derribar esa puerta que conduce, directamente, al mecanismo que te lleva a pelear por alojarte en la planta noble de la clasificación.

También sabemos, porque la experiencia nos lo ha enseñado así, que al Tenerife no se le da demasiado bien visitar los campos de los recién ascendidos en las primeras jornadas. Esos escenarios, que suelen ser propicios y que son campo abonado para obtener resultados positivos cuando se sortea el calendario, se convierten en una trampa en la que los blanquiazules suelen terminar heridos. Sucedió el pasado curso en Mallorca, cuando los baleares mostraron las carencias blanquiazules a domicilio endosándoles un colosal 4-1 como prueba de la escasa competitividad lejos del Heliodoro. Por desgracia, esa fue la tónica habitual de la pasada campaña. Y por eso, tras lo sucedido en Zaragoza hace dos semanas, la cita de este domingo ante la Ponferradina se adivina como una oportunidad importante para evitar que esa desagradable bola de nieve que supone una avalancha de desconfianza hacia las posibilidades de cada temporada siga aumentando de tamaño, mes tras mes y salida tras salida, mientras se desliza montaña abajo sin que nadie logre ponerle freno.

Concluyo por esta semana resaltando que el mayor patrimonio de este Tenerife, por ahora, es su trato al esférico. Ante el Numancia no circuló con la fluidez y velocidad que nos enamoraron en varios pasajes de los partidos contra el Real Madrid Castilla o el Zaragoza. Pero la intención sigue firme y el equipo lo intenta con tenacidad. Quiere ser protagonista del encuentro a través del monopolio de la pelota y, cuando la tiene, es capaz de hacer que sucedan cosas. Casi todas, por cierto, buenas. De hecho, el cambio positivo de determinados jugadores respecto al curso anterior, como Borja Lasso, y su aumento exponencial de protagonismo para erigirse en diferenciales, obedece a que este año, por fin, el juego colectivo se relaciona de la manera más adecuada con el balón.