Por @rondoscutillas
El Tenerife despertó a tiempo en Lugo de la pesadilla que amenazaba con desriscarlo hacia el abismo de Segunda B. Lo hizo pese a firmar una temporada insuficiente y muy por debajo de las expectativas creadas. La sensación de que había para mucho más cuando se contrató a José Luis Oltra, para que manejase una de las ocho plantillas más caras de Segunda, se tornó en un intento de salvación a cualquier precio con la llegada de Luis César Sampedro. Y la permanencia de un equipo hecho para otra cosa se certificó, de manera agónica y en vísperas de la última jornada, gracias a la inestimable ayuda del Oviedo.
Ahora toca hacer balance. Reflexionar. Y hasta hacer autocrítica. Desde el alivio. Pero de manera eficiente. Es la única manera de aprender de los errores cometidos este curso y también la mejor forma de evitar que vuelvan a ocurrir el próximo mes de agosto.
Este Tenerife lleva en caída libre desde que se quedó a un gol de subir a Primera en la eliminatoria contra el Getafe y, hasta la fecha, nadie ha sido capaz de encontrar el mecanismo que haga frenar esta decadencia. Una plantilla construida para ilusionar cada verano se ha transformado en un grupo de futbolistas temerosos. Sin recursos en las áreas. Débiles y demasiado generosos en la propia, donde regalan algo en casi todos los partidos. Y estériles en la adversaria, en la que también cuesta muchísimo crear peligro y hacer goles.
Hoy por hoy, el Tenerife da lástima. Sobre todo porque solo unos pocos de los que forman parte de la alineación son capaces de competir con un mínimo exigible. Y, con ese panorama, los resultados no pueden ser otros que los que se cosechan. Hay que cambiar la mentalidad si queremos dejar de ser un club que ha sido incapaz de sumar dos victorias consecutivas esta temporada y también buscar las causas del pésimo rendimiento fuera de casa, donde el escandaloso balance es de apenas dos triunfos a domicilio en dos campañas completas.
Por eso, ahora que ya hay tiempo de sobra para hacer análisis, espero uno exhaustivo. Y me niego a ilusionarme, otra vez, con nada que no sea algo tangible y comprobable. Estoy harto de palabras y buenas intenciones. Me he hastiado de promesas incumplidas y de conformarme con migajas futbolísticas como ganar el derbi o remontarle a algún gallito de la categoría. Porque, una vez pasado el subidón de adrenalina, se regresa otra vez a la mediocridad y se vuelve a las andadas.
A los que tienen que construir el proyecto de la próxima temporada les pido más hechos y menos palabras. Quiero que lo hagan pensando en crear un equipo que, por encima de todo, sepa competir. No quiero que ponerse la camiseta del Tenerife resulte tan barato que pueda llegar a lucirla otro Fernando Coniglio. O cualquier otro de tan poco talento futbolístico y nula capacidad para mejorar lo que ya había, se llame como se llame y haya nacido donde haya nacido. Ahora, tras dolerme los ojos durante todo este año, no quiero ver a nadie que no salga a jugar con la blanquiazul como si la vistiese por última vez en su vida.
No sé quiénes estarán en la 2019/20 formando parte del Tenerife. Solo sé que no les voy a dar otro cheque en blanco como hasta ahora. Llega el turno de que se tomen decisiones. De que se forme un bloque que me haga sentir orgulloso, independientemente de que se gane o se pierda, porque cada uno de los que salen al campo se esfuerza por vencer en cada duelo individual. Quiero futbolistas que demuestren su ambición sobre el césped y no ante los micrófonos. Exijo un club que no se conforme con ganar un partido por temporada fuera de casa y que sea capaz de enracharse, pero para bien, logrando dos victorias seguidas. Incluso hasta tres o cuatro. Quiero, en suma, un Tenerife que conecte y que no me haga sentir tan indiferente como el actual. Que me devuelva la ilusión por ir al estadio y que funcione, pero de verdad, como un auténtico equipo.