Por @beatrizpalmero
Este lunes, escuché las declaraciones de Gerard Piqué, jugador del FC Barcelona, a vueltas con las polémicas arbitrales y la eficacia o ineficacia del VAR después de que no subiera al marcador un gol marcado por su rival en posición reglamentaria: “Cuando no había VAR porque no había VAR”, decía el central catalán, y “cuando lo hay, porque hay”. Y añadía de forma muy certera que en este país “nos gusta la polémica y por eso hay programas que viven de eso”, apuntando que “son los que más éxito tienen, es algo cultural”. Y así, con esa simpleza, radiografió la situación de los medios de comunicación que ofrecen información deportiva.
El refranero español, muy popular y muy sabio a la vez, dice que a veces los árboles no nos dejan ver el bosque, que estar inmerso en los detalles nos impide ver la situación de forma global. En este tiempo en el que mi vinculación con los medios ha dejado de ser la de una periodista implicada en el día a día, he podido contemplar desde fuera un panorama que, desde dentro, en ocasiones somos incapaces de ver. Y la vista es muy parecida a lo que explicaba Piqué hoy. Y no se refiere sólo al ámbito deportivo. El triunfo de programas como Sálvame, GH Vip o El Chiringuito se debe, sin duda, a ese afán polemista que llevamos los españoles en el ADN, por más que nos empeñemos en diferenciarnos unos de otros. Y ese gusto por discutir lo llevamos a los extremos en cualquier situación, ya sea la política (no es baladí el éxito de Marhuenda o, en su momento, de Pablo Iglesias), la crónica de sucesos, la rosa o, desgraciadamente, también el deporte, olvidándonos de los valores más importantes de este mundo.
En los últimos años, ha proliferado un “periodismo” que se ha instalado en el “y tú mas” tan típico de los militantes políticos, para justificar todo lo que rodea a tu equipo, tu presidente, tu jugador favorito. Y así, se ha ido perdiendo el rigor y la información veraz en pos de la audiencia, de los clicks o de los retuits. Pero, maldita hemeroteca, las palabras están ahí. Recuerdo al diario más vendido de este país proclamando a Robben como mejor jugador del mundo solo por no reconocer que Messi, el que asombraba a todos, jugaba en el rival, jefes de sección poniendo en duda en una tertulia que una entrada no era de roja y defender en la siguiente lo contrario en una jugada del equipo rival, conductores de programas radiofónicos repartiendo méritos para el entrenador, si la temporada había sido buena, o deméritos para el director deportivo, si los resultados no habían acompañado, y así una infinita lista que crece día a día. Lo llamamos “periodismo de bufanda”, sólo sirve la información que sirve a mis intereses. Para qué preocuparnos por la verdad.
Y, sin embargo, no me sorprende. En los últimos años, tuve a mi cargo a muchos estudiantes de periodismo, a punto de acabar la carrera, que no habían leído un periódico en la vida, que no sabían como se llamaba el presidente del gobierno canario y que no sabían distinguir entre hay y ahí. Pero se morían por coger un micro y salir en pantalla. He estado en numerosas ruedas de prensa en la que solo preguntaban los veteranos, o, peor aún, en algunas en las que el becario de turno preguntaba el mayor disparate solo porque no había tenido a bien informarse antes de hacer el ridículo, para qué vamos a ejercitar la curiosidad y preparar una entrevista si existe el descaro. La crisis, amigos, ha dejado mucha precariedad, y la precariedad ha reducido “el oficio más bonito del mundo”, que diría García Márquez, a un circo en el que sólo importan las cifras, el ego y la bandera que se enarbola.
Y, como Piqué, habrá que concluir que era inevitable. Es cultural. Lástima que cada vez sean menos los que pelean por revertir el instinto por la razón, que cada vez haya menos periodistas que crean en la verdad. Y mucho me temo que tendremos lo que nos merecemos. Y no me refiero únicamente al periodismo deportivo.