Redacción Deporpress | Juan Francisco Martínez Modesto no es un delantero excesivamente fuerte. Ni tampoco es alto. Sin embargo, ha sido capaz de jugar 122 partidos en Primera. Este verano cumplirá 39 años y ya han pasado 8 temporadas desde que abandonó la isla. Su secreto para acumular nada menos que 688 encuentros como futbolista ha sido trabajar sin descanso. Día tras día. Desde que cumplió los 18, y tomó la alternativa con el Elche en Segunda B, hasta el día de hoy. Su otra gran virtud ha sido cuidarse. Día tras día. Sin racanear un esfuerzo. Sin pasarse un gramo en la báscula de peso.
En el CD Tenerife dejó su impronta desde el primer día. Y se fue metiendo en el bolsillo a sus compañeros, a su entrenador y al público en los sucesivos. Conoce su oficio como pocos y se compromete como nadie con el escudo que defiende. Con la camiseta blanquiazul fue un dios en el Heliodoro, que reverenciaba cada uno de sus tantos coreando su nombre al unísono desde la grada.
Era de esos futbolistas a los que deseas ver jugar siempre. Porque sabías que, si le llegaba la pelota, iba a pasar algo. Y casi siempre, además, era algo bueno. Si se caía, se levantaba. Si fallaba, lo volvía a intentar. Una y otra vez. Hasta que, por fin, lograba su propósito. El gol era su alimento. Y conocía innumerables caminos para entablar amistad con él. Tantos que, en los cuatro años que jugó en la isla, anotó nada menos que 80 tantos. Esa cifra lo coloca como el cuarto mejor artillero de la historia blanquiazul, solo superado por Julito (112 goles), Pizzi (89) y Antonio (82).
Nino vivía con un mapa de la portería contraria en su cabeza. Como buen depredador de área, su voracidad no conocía límites. Fue un ganador nato. Odiaba perder hasta en los entrenamientos y en los partidos multiplicaba su carácter sacando ese gen competitivo que tanto se extraña ahora en el Tenerife actual. Quizá, por todos estos motivos, sea considerado como el primer gran ídolo blanquiazul de esta centuria.
Con el 7 a la espalda, lideró de manera indomable el proyecto que condujo al Tenerife a Primera por última vez, tras firmar 29 goles en 42 partidos. Ese registro le sirvió para conquistar el Trofeo Pichichi y el Zarra de máximo realizador nacional. Además, ese curso 2008/09, también fue nombrado mejor jugador y mejor delantero de Segunda. Inolvidables resultan sus goles a la UD Las Palmas en los derbis celebrados en el Heliodoro. Pero, sobre todo, el obtenido ante el Xerez en la antepenúltima jornada del campeonato. Los isleños acariciaban el ascenso ante el líder de la categoría y jugaban en inferioridad numérica desde la primera parte por expulsión de Ricardo León. Nino, con 1-0 en el marcador y con los andaluces volcados en busca del empate, se vistió de héroe para franquear el triunfo del equipo dirigido por José Luis Oltra en el minuto 84, con uno de sus clásicos tiros cruzados con los que resolvía los ‘mano a mano’ ante la salida de cualquier guardameta rival.
Pero un ídolo no lo es exclusivamente por lo que hace dentro del terreno de juego. También por lo que no se sabe. O por lo que nunca cuenta el protagonista, al menos de manera pública. Nino, en 2011 y con el Tenerife ya en Segunda B, perdonó dinero al club de lo que le correspondía de su ficha en la temporada en la que los blanquiazules habían descendido a los infiernos. Como hicieron otros, pudo optar por el camino contrario. Y hubiese sido respetable, pues estaba en su derecho de cobrar lo que tenía firmado. Sin embargo, optó por irse al Osasuna ayudando a la entidad cuando más lo necesitaba su maltrecha economía. Y lo hizo de verdad. Con hechos y no con palabras. Como Aragoneses. Como Juanlu Hens. Y como Ricardo León.
El Heliodoro rendirá tributo, con motivo de la visita del Elche, a alguien que dejó su huella para siempre entre nosotros. A alguien que no era fuerte. Ni tampoco alto. Que hablaba mejor sobre el césped que en la sala de prensa. A alguien que, seguramente, habrá aceptado a regañadientes el reconocimiento público que le dispensará hoy el club. Porque él siempre se llevó mejor con el balón que con los flashes y con salir al escaparate. Así es Nino. Un jugador que, con 39 años, aún lleva el mapa de la portería en su cabeza y que, para todos los que tuvieron el privilegio de verlo defender el escudo de esta entidad, es la primera gran leyenda del Tenerife del siglo XXI.