Por @AleixValero
Por fin después de tres años llega de nuevo el derbi canario. Un derbi de pronóstico incierto y en el que Las Palmas, jugando de local, por plantilla y presupuesto, debería ser favorita ante el CD Tenerife. Debería. Porque a nosotros que tanto nos gusta lamernos las heridas e incluso a algún otro saborear el placer de que las cosas no están saliendo bien, sabemos que llega en el mejor momento para que cambie la situación.
Salvando las distancias por lo que suponía y supuso, guarda semejanzas este con el último en Primera División. Ya con el Tenerife descendido Bruno Marioni hizo acompañar a los amarillos a los blanquiazules a Segunda División.
No quedan solo un par de jornadas, si no toda la segunda vuelta y alguna de la primera, y pase lo que pase cualquier equipo tendrá tiempo por delante para voltear su situación, pero quedará severamente tocado.
Ninguno esperaba a estas alturas estar donde está, en la clasificación, sin rumbo, sin un estilo definido y habiendo recurrido a los últimos entrenadores con los que alcanzaron la gloria. Pero uno es optimista, por naturaleza y por sensaciones en esta ocasión.
Que sí, que no somos capaces de ganar desde abril, que esta temporada apenas hemos estado cerca de lograr un triunfo fuera de casa, pero tampoco le está yendo mejor a Las Palmas, ni con su cambio de entrenador. No despierta, ni si quiera en casa.
Y el aliento de una afición siempre es importante para salir del pozo, y lo tendrán, pero tan importante es como la presión que le puede meter a los suyos si las cosas les vienen mal dadas durante el partido.
Y eso es con lo que tiene que saber jugar el Tenerife. Solo he estado presente en el vestuario blanquiazul y entrenamientos esta semana aquí, en Tenerife, pero la tensión, a la par que el buen rollo, la responsabilidad, la intensidad y responsabilidad que he visto en el equipo, hacen que no tema uno quemarse aferrándose al clavo.
Ganar supondría darle la vuelta al calcetín con un solo gesto. Tres puntos de oro. No ya para hundir un poco más al eterno rival como dijo hace ya años Rubén Castro (que también), si no para certificar la mejoría de un equipo que Oltra cogió tácticamente destrozado, sostenido por alfileres.