Por @beatrizpalmero
Decía el gran novelista ruso Fiodor Dostoievsky que “si quieres que otros te respeten, lo mejor es respetarte a ti mismo”. Y, aunque parezca que es lo más fácil del mundo, el respeto hacia uno mismo a veces es muy difícil de mantener. La pereza, la desidia o el conformismo socavan nuestro autorrespeto y hacen que, a veces, nos dejemos ir, o nos acomodemos en nuestra zona de confort pensando que no hacemos nada malo. Pero nos estamos fallando. Y fallamos a los que nos aprecian. Por eso, probablemente, el gran Mahatma Ghandi decía que no podía concebir una mayor pérdida que “la pérdida del respeto hacia uno mismo”.
No es fácil ganarse el respeto de otros. Cuesta mucho conseguirlo, pero cuando lo sientes, cuando sientes que personas totalmente ajenas a ti te respetan, la sensación es tan reconfortante, el orgullo que sientes es tan cálido, que hace que te esfuerces más aún para no perderlo. Claro que siempre corres el riesgo de recrearse en la autocomplacencia, lo que también es atentar contra uno mismo. Por eso me parecen tan admirables aquellas personas capaces de sobreponerse a las adversidades, al cambio de sus circunstancias, y que no se quedan ancladas en esa autocomplacencia que te lleva a pensar que tienes derecho a tener ese respeto que te ganaste una vez sólo por el mero hecho de haberlo conseguido.
Por eso, hoy respeto a Suso Santana más que ayer. Su pasión por estos colores está fuera de toda duda, el rendimiento que ha dado en temporadas anteriores, en las que ha llegado incluso a aparcar sus problemas físicos hasta junio anteponiendo el equipo a sus intereses particulares, también. Podría haberse plantado este año y pedir mantener su protagonismo en el equipo sólo por el respeto que se ganó en campañas anteriores. Pero, una vez más, ha demostrado que el respeto se mantiene sólo de una manera: respetándose a sí mismo.
Esta temporada le han dado otro papel. Tiene gente joven y con hambre empujando por detrás y no es el que está acostumbrado a ejercer, no es el de titular indiscutible. Pero ha dado todo el respeto que ha recibido. Ha asumido su nuevo papel como hizo antes con los anteriores: con profesionalidad. Ha seguido trabajando, ha colaborado en la construcción de un equipo que, por un momento, parecía fragmentarse; ha seguido ejerciendo como el capitán que es, arropando a los nuevos y manteniendo su infatigable buen humor; ha demostrado que sigue dejándose el alma cada vez que salta al césped, lo haga bien o lo haga mal, lo haga de titular o de suplente. Ha celebrado los éxitos de sus compañeros desde el banquillo como si fueran suyos, porque lo son. Este domingo, pudo al fin, celebrar un gol suyo. Y lo merecía.
No dudo de que le duele no tener tanto protagonismo, pero estoy segura de que le dolería más faltarse al respeto a sí mismo. Y por ello, le presento también todos mis respetos.