Redacción Deporpress | Aquel 18 de noviembre algo se removió en las entrañas del tinerfeñismo. El Huesca, que también jugó play off la temporada pasada, le dio un repaso al CD Tenerife. No fue el marcador (3-0), sino la imagen: fue un equipo hecho y con las ideas definidas contra otro por hacer, sin sistema de juego claro ni fórmula estable. En un lado, los fichajes funcionaban a pleno rendimiento (Cucho, Ávila, etc) y en el otro aparecían fuera de sitio (Malbasic), sin ritmo (Villar) o estaban con su selección (Acosta). Era, en resumen, un equipo que funcionaba contra otro que no.
Ese día debió acabar la estancia de José Luis Martí en el banquillo si lo que pretendía el Tenerife era luchar por el ascenso. Ese día estaba a 5 del ascenso directo (ahora a 13) y a 3 del play off (ahora a 8). Por prudencia, miedo o por la deuda del pasado, se prefirió esperar. Y de aquellos barros, estos lodos.
El Tenerife de ayer fue un equipo de destitución. Fue superado en todo por el Barcelona B, que está en puestos de descenso. No le salió nada. Quiso (los primeros minutos), pero recibió el primer golpe (0-1) y se derrumbó. Le pudo la situación. Nada que ver con el equipo intenso, eléctrico, que mordía y agobiaba al rival. Nada que ver con ese equipo agresivo en ataque, que asustaba.
Estos jugadores, que no han estado a la altura hasta ahora, necesitan aire fresco. Y en el fútbol solo se puede conseguir de una forma: con el cambio en el banquillo. Martí es historia del Tenerife. Como jugador nos llevó a Primera. Como entrenador se quedó a un paso. Justo es agradecerle su entrega y su compromiso. Pero nadie entendería que volviera a sentarse el domingo en el banquillo del Heliodoro.