Por @beatrizpalmero
Estudié Filología Hispánica porque, sí, voy a reconocerlo, soy un poco friki. Me apasionan historias tan anodinas para otros como saber de dónde viene una expresión (¿saben que pasar la noche en blanco viene de la antigua costumbre de velar las armas la noche antes de ser armados caballero con una túnica blanca?), por qué una palabra adquirió un significado distinto al original por una simple metáfora (¿saben que la palabra trabajo viene del latín tripalium, que no era más que un instrumento de tortura?) o cómo el español ha adquirido sonoridades tan dispares entre sí como el habla de un chileno y de un vasco. Por poner un ejemplo, me quedé fascinada en el partido de debut de España de la Eurocopa de Polonia y Ucrania al descubrir por qué en español traducíamos por Kiev el nombre de una ciudad que en su idioma original se pronuncia con dos i de distinta duración y pronunciación (Kyiv). Cosas de fonética ¿Absurdo, verdad?
Pues con esas cosas me fascino, qué le vamos a hacer. Y eso que la fonética nunca fue mi fuerte, para qué engañarnos. Supongo que no facilitó la labor el hecho de estudiarla en la UNED y tener que currarme la distinción de sonidos por mi cuenta a base de escudriñar los gráficos. Pero una de las pocas cosas que se me quedaron grabadas de esa ciencia fue la distinción entre rasgos pertinentes y no pertinentes. Los primeros eran necesarios para distinguir un sonido de otro, por ejemplo, para distinguir la c y la p. Ese rasgo es absolutamente necesario para diferenciar unas palabras de otras: acto/apto, actitud/aptitud. En español, es el lugar de articulación lo que diferencia la c de la p. Mientras la primera se articula en el velo del paladar, la segunda lo hace en los labios. Una diferencia mínima que, sin embargo, supone una diferencia muy grande en cuanto a significado.
Y es fascinante que dos palabras tan iguales fonológica y fonéticamente como actitud y aptitud, sean tan diferentes semánticamente. Y el ejemplo lo tenemos en este Tenerife, sobrado de aptitudes desde un principio y, sin embargo, tan dispar en cuanto a actitud. Ya sabemos que, en el deporte, no sólo basta el talento, las cualidades, la calidad. De nada sirven si no hay actitud. La actitud es la que convierte en acto lo potencial, lo que se supone que está ahí. Y había momentos en los que parecía que los blanquiazules, sin dejar de poner siempre el corazón y las ganas, no encontraban el modo de remar en la misma dirección. Este domingo vi ese potencial puesto al servicio del equipo, aunque queda mucho para llegar a la orilla. Pero para lograrlo hace falta tener muy en cuenta que hace falta un sólo rasgo distintivo para convertir el talento en efectividad.