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Destituciones

por @juanjo_ramos

En los pocos más de 20 años que llevo ejerciendo el periodismo han pasado por el banquillo del CD Tenerife hasta 34 entrenadores. Solo Jupp Heynckes (se fue al Real Madrid), Rafa Benítez (al Valencia) y Antonio López (dimitió) abandonaron el cargo sin que el club quisiera prescindir de sus servicios. Los 31 restantes cumplieron su contrato y no fueron renovados (Javier Clemente 01/02, Martín Marrero 03/04, el interino Toño Hernández 06/07 y José Luis Oltra 07/10) o fueron destituidos.

Son 28 finales abruptos suficientes para detectar si un entrenador corre peligro o no. Recuerdo que a Víctor Fernández lo echó Javier Pérez en el vestuario, que Artur Jorge quería salir a dirigir el entrenamiento después de que Adelardo de la Calle le comunicara que no seguía, que Mauro Sandreani dimitió en rueda de prensa, que Ángel Cappa fue relevado en plenas vacaciones, que Pepe Moré salió en el mismo lote que su director deportivo Lobo Carrasco, que Casuco cayó con el equipo salvado y a dos jornadas para el final de Liga o que Gonzalo Arconada duró solo cuatro jornadas.

En todas las salidas forzadas resulta evidente que los resultados tuvieron una incidencia absoluta. También que en unos casos el club tuvo más paciencia que en otros. Un componente estuvo presente casi siempre: el divorcio con la plantilla. Este pudo ser personal, al mantener una relación difícil el entrenador con sus pupilos, o profesional, cuando estos dejaron de creer en su método de trabajo y propuesta de fútbol. Del primer tipo recuerdo a Lienen, Arconada o García Tébar como máximos exponentes. En el segundo tipo entrarían casi todos los restantes.

Es verdad que hay casos en los que no se ha deteriorado la convivencia, a los futbolistas les gusta la filosofía de su jefe pero la dinámica de resultados pone punto y final a esa etapa antes de que el divorcio se consume. Pasó con Juanma Lillo (98/99), Antonio Tapia (10/11) o Álvaro Cervera (12/15). Cierto es que en los tres casos se dio un grado de impotencia que aconsejó el cambio al presidente correspondiente. Y en esas anda José Luis Martí. Ni la afición ha pedido claramente su cabeza, ni se lleva mal con los jugadores ni ha agotado su mensaje futbolístico. Pero las cosas no salen y la impotencia empieza a asomar por el vestuario blanquiazul.

Por eso, aflora ya el aroma precese. Y entenderán que, después del repaso de estas dos décadas, algo de olfato hay. Solo una reacción inmediata puede impedir que entremos en la recta final del camino. Martí lo sabe. Porque por su cabeza, como en la treintena de casos anteriores, ya pasa la pregunta más dura que se puede hacer un entrenador a sí mismo: ¿y si no soy capaz de sacar el equipo adelante?

En esta tesitura, siempre obré igual. Pocas veces pedí una destitución. En la mayoría preferí que fueran otros los que golpearan al árbol que estaba a punto de caer. Eso es lo fácil. Detectar las carencias mientras otros aplauden resulta más difícil, pero también más reconfortante. Respetar al profesional, como ahora a Martí, cuando su situación es comprometida, me parece también más saludable. Lo hago deseando una victoria ante el Reus, esa reacción inmediata que le desvíe del camino al cese. Sería bueno para todos. Incluso para los que ya tienen puesta la capucha del verdugo después de haber silenciado, a sabiendas, los defectos del condenado durante meses.