Por @rondoscutillas
Me siento a escribir estas líneas un poco decepcionado. No por el quinto empate consecutivo en Liga, o el sexto si se cuenta el choque de Copa ante el Espanyol, sino por la impotencia creciente de que a este Tenerife le cuesta un mundo ganar un partido. Es cierto que tampoco los pierde, pero cuando los adversarios ante los que no logras el triunfo son el colista Sevilla B o el Lorca, rival de la anterior cita fuera de casa, la sensación de desazón se multiplica.
Vivimos en una sociedad exprés. Partidaria de juicios rápidos y de condenas inmediatas. La tendencia a buscar un culpable antes que la causa del problema es la pauta generalizada. Y el fútbol y su entorno, por supuesto, no son una excepción a esta norma. La ansiedad por estar arriba en la clasificación es el relámpago que precede al trueno. Y, una vez que estalla la urgencia, hay pocas cosas que la detengan. Si acaso una racha de victorias encadenadas. Pero eso, con el panorama actual y las cosas que aún quedan por corregir, se antoja utópico.
No es que haya dejado de creer en este equipo. Ni siquiera en su técnico. Mi confianza sigue intacta, pero me cabrea ver cómo semana tras semana hay algo que impide que llegue el triunfo. Con todo, mi diagnóstico es que este Tenerife concede muchas más ocasiones al rival que el del año pasado. Y eso obliga a que Dani Hernández se erija en el salvador del equipo con más frecuencia de la deseada.
Esta semana leía a Martí, en una entrevista realizada por Juanjo Ramos en el periódico El Día, referirse a la forma de jugar de este curso. Entre líneas, deslizaba cierta añoranza hacia esa figura del delantero ‘tocapelotas’ para el defensa. El que presiona hasta la extenuación, bien sea para dificultar la salida de balón del rival, o incluso para lograr arrebatarle la pelota en zonas letales. Sin Nano, primero, y sin Amath N’Diaye, ahora, esa figura no existe en el Tenerife actual. El resultado es que la mayoría de las veces hay un océano de 30 metros entre la primera línea de presión y la segunda. Y es ahí, en ese vacío que casi nadie es capaz de llenar, donde el rival encuentra aire para que el Tenerife le conceda opciones.
Por eso pienso que nadie ha dado aún con la tecla. El equipo camina por un laberinto y no es capaz de encontrar la salida. Apuesta por una solución tras otra y lo que espera al otro lado es un empate. Y otro. Y otro más. Así que no culpo al aficionado por tener dudas. Estas siempre suelen aparecer cuando no se tienen certezas. Y aunque aún vamos por el kilómetro 13 de este maratón de 42 creo que, a 8 de noviembre, somos mayoría los que, cada vez más, pensamos que a los blanquiazules se les escapa el tren del ascenso directo.
La comparación con el pasado es inevitable. Sé que en la 2016/17 había menos puntos que ahora a estas alturas. Y que aquel Tenerife, hasta que empató en casa contra el Girona cuando Aarón Ñíguez decidió tirar aquel penalti ‘a lo Panenka’ a mitad de abril, tuvo opciones reales de pelear por acabar segundo en la tabla desbancando a los catalanes.
Se sube un junio y no en noviembre. O en marzo. Cierto. Pero nadie puede sustraerse tampoco a la percepción de que el Tenerife está derrochando oportunidades una semana sí y otra también para hacer mejor las cosas. Tanto a nivel de fútbol y argumentos de juego, sobre todo cuando le toca ejercer de visitante, como en resultados de manera global. El Heliodoro, otra vez ante un recién ascendido como la Cultural Leonesa, dará este sábado una nueva oportunidad para hacer las cosas como es debido y salir, de una vez por todas, de este maldito bucle.