Por @beatrizpalmero
El Tenerife se quedó sólo a un gol de estar en Primera División. Nos hemos pasado todo el verano repitiéndolo, como un lamento, suspirando. Estuvo tan cerca… Pero no somos los únicos. Dentro del vestuario hay muchos que lo lamentan tanto o más que los que llevamos al Tenerife en el corazón. Todos sabemos que la columna vertebral de este equipo está formada por un puñado de veteranos que o son naturales de la isla o la han convertido en su hogar, en sede de sus esperanzas, en una oportunidad. Para muchos de ellos, ese gol que faltó fue también el que los dejó a las puertas de un sueño: saborear la máxima categoría tal vez por última vez.
Entre los primeros contamos a Dani Hernández (32), Vitolo (34) o Suso Santana (32). Entre los segundos a Raúl Cámara (32), Carlos Ruiz (34) o Aitor Sanz (33). Podemos dudar de sus actuaciones, mejores o peores. Pero jamás de su compromiso, de su entrega, de su pasión por este escudo.
Y no podemos olvidar a los que se incorporan, a los que anhelan esa oportunidad, como Lucas Aveldaño (32) o Malbasic (25), a los que se quedaron con la miel en los labios porque su paso por Primera fue poco un visto y no visto como Tyronne (26) o Juan Carlos Real (26). Y los veteranos que quieren disfrutarla de nuevo como Montañés (31) o Casadesús (32).
Todos buscan de nuevo una oportunidad, una oportunidad que no recuerden como una oportunidad perdida. Porque, tal y como apuntaba acertadamente el escritor Stephen King, solo hay dos cosas que, en retrospectiva vemos con mayor claridad. Una son las oportunidades perdidas, la otra es la estupidez. Y sería una estupidez no creer en la ambición y en el compromiso de este grupo. También lo sería que este vestuario se quedara con miedo de tomar el camino para conseguir de nuevo luchar por un ascenso. Porque las oportunidades no llaman, se presentan cuando echas la puerta abajo.
El año pasado, pese a estar a estas alturas en puestos de descenso, muchos de estos jugadores tiraron la puerta abajo a pesar de las dudas de su entrenador, de su afición y de las suyas propias. Tengamos fe en que superen el miedo a volver a quedarse a las puertas y vuelvan a pelear, todos a una, por derribar la puerta y, esta vez, franquearla.