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Roles

Por @rondoscutillas

El CD Tenerife vive esta semana un nuevo desafío de la Copa del Rey, esa competición en la que lleva siendo pitorreado por la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) de manera sistemática a través de los sorteos, por llamarlos de alguna manera, que se realizan en Madrid. El torneo en sí, tal y como está diseñado, solo sirve únicamente como banco de pruebas para que los menos habituales tengan minutos antes rivales de la misma categoría que buscan, exactamente, lo mismo.

En el caso de los blanquiazules, además, también se convierten en los partidos ideales para que los recién llegados puedan ir familiarizándose con la dinámica del grupo y para que vayan sumando y aportando cosas. Es una buena oportunidad para que Carlos Abad demuestre su valía como alternativa a Dani Hernández. Para que Montañés y Malbasic adquieran el estado de forma que los lleve a estar un poco más cerca de ser titulares. Y para que Aveldaño demuestre que es mejor de lo que apuntó en Valladolid.

El resultado que se obtenga en Vallecas es casi lo menos importante. Sería una obviedad negar el beneficio de continuar disputando la Copa. Pero teniendo en cuenta los precedentes y la desafortunada estadística, por no emplear otros términos, del Tenerife en los sorteos, tampoco sería descabellado pensar que Canarias sigue estando demasiado lejos en las mentes de los que dirigen la RFEF y que el grupo que dirige José Luis Martí tenga que soportar el bochorno de disputar la que sería su décima eliminatoria consecutiva fuera del Heliodoro.

En otros tiempos no existiría la sumisión actual. Ni tampoco el estoico silencio que guardan, año tras año, los dirigentes de la entidad sobre este asunto. Es cierto que el Tenerife tampoco es ya el de antes en el concierto futbolístico nacional. Pero me parece enormemente llamativo, e insisto en contenerme para no emplear otros términos, que un equipo tenga que jugar nueves veces seguidas como visitante. Es injusto. Y, además, altamente improbable, por no decir prácticamente imposible, desde el punto de vista matemático.

Javier Pérez hubiese alzado la voz. Quizá no hubiese valido de nada. Pero el aficionado blanquiazul sabría que el ninguneo no iba a quedar impune. Lo hubiesen escuchado porque él manejaba como nadie los resortes para que lo oyesen. A él y, por extensión, a todos los que nos sentimos representados por estos colores y nos sentimos indefensos cada vez que llega la Copa y sus ‘sorteos’ (nótese la ironía entrecomillada).

Dejando a un lado este torneo, la Liga dejó el pasado fin de semana la primera derrota del Tenerife. No será la última. Y a todos nos concierne cerrar cuanto antes este paréntesis negativo abierto en Pucela. La mejor manera que conozco es haciendo que el Heliodoro sea un volcán blanquiazul el domingo por la mañana frente al Granada de Oltra, que aún no ha ganado este curso.

Oltra, precisamente, es un especialista en asaltar el estadio blanquiazul. Ha firmado una trilogía de victorias en la isla con los últimos equipos a los que ha dirigido: Mallorca (0-1), Recreativo (0-2) y Córdoba (0-1). Esperemos que la saga no tenga continuidad y que los locales acaben con esa peligrosa tendencia que el técnico valenciano amenaza con seguir engordando.

Para ello, sin duda, el Tenerife tendrá que corregir muchos de los defectos que mostró en Zorrilla. Empezando por jugar más juntos y con menos separación entre líneas para evitar situaciones de superioridad ante los cuatro de atrás. Y rescatando del manual solidario las ayudas a los laterales, con el fin de no propiciar situaciones de desventaja en los costados frente a los atacantes.

Tampoco vendría mal que cada uno hiciese el papel que le corresponde. Ante el Valladolid, curiosamente, hubo cinco remates a puerta de Tyronne y Longo, que ejerció de delantero, quedó casi inédito. La lógica es que el grancanario filtre pases y el italiano ejecute para definir, especialmente por el bien de la eficacia ofensiva del equipo. Martí, a buen seguro, ya habrá tomado nota de este hecho y no tardará demasiado en ajustar su sistema a la lógica de esos roles.