Por @MilaLuisBrito
Hacía calor. Subía la calle del Castillo a buen ritmo, y se notaba que ya el verano había llegado. ¡Qué curioso! Estamos en verano y el fútbol continúa en plena competición. Al menos en Tenerife, y en Getafe. Aún quedan 180 minutos por disputar. Dos largas partes de noventa minutos para sufrir, para temblar; para vibrar, para disfrutar. Para cantar goles. Quizá para pedir la hora al árbitro. Nos gustaría que quedaran tres largas horas para al final llorar, llorar de alegría. Llorar desde la soledad que produce el vacío de los triunfos largamente ansiados; largamente deseados, largamente anhelados.
Cruzamos la Plaza de Weyler y enfilamos el Puente Galcerán. Tenía razón Valdano, siempre la ha tenido. “El fútbol es un juego infinito”. Y a la vez endiabladamente imprevisible. Quizá esa sea en gran medida la fuerza que contiene para activar sentimientos y desatar pasiones. Nunca suelo cerrar los ojos cuando estoy contemplando un partido de fútbol. Pero lo hice en el de vuelta ante el Cádiz. No vi lo que ocurrió en el césped del Heliodoro Rodríguez López entre el minuto 117 y el 120. No quería mirar a Dani Hernández, no quería creer que Raúl Cámara pudiera cometer un error, o que Alberto tuviera una duda al despejar. Esos tres minutos a ciegas me dieron tiempo para recordar que apenas unos meses antes, alrededor del mes de octubre o noviembre del pasado año, desde el mismo ángulo miraba con desesperación contenida los gestos de Martí, o de Fabián Rivero, cuando el equipo no respondía y se colocaba en situación de descenso a Segunda B.
Comienzo a subir la calle San Sebastián. Belleza e identidad. Y juego, estrategia, planificación, gestión, táctica; incluso a veces malos modos, estereotipos demasiados cargados de testosterona y machismo. Pero aspiramos a que sea referencia, valores; capacidad para cohesionar, para armar equipos; para que prevalezca lo colectivo sobre lo individual. Para saber sufrir. Para aprender a liderar, y también a sentarse en el banquillo. O a poner el balón para que dispare el compañero. El fútbol es, sencillamente, humano. Vehículo de pasiones, capacidad de crear belleza y de construir referencias con las que identificarnos.
Llego al Estadio. Miles, miles de personas animan con sentimiento y respeto. Con ilusión. Observo el calentamiento de un maduro Vitolo, o de un Suso inquieto; de un ilusionado Omar. No acertaré con los pensamientos de Gaku, ni probablemente de Camile o Amath. Me asombra la serenidad del médico y la sonrisa cómplice de Iván, junto a la seriedad de José Cristóbal. Nacho se ha colocado su máscara protectora y Víctor Padrón, no para. El antepalco es un bullir silencioso. Pura contención en el consejo y el presidente del Club. Actividad frenética del responsable de comunicación.
Me siento. Puedo tocar el sufrimiento del director deportivo. Quedan 90 minutos por delante y enese momento recuerdo un episodio vivido meses atrás. Alguien, con extrema cortesía, me apretaba fuertemente la mano, a la salida del ‘Coliseum Alfonso Pérez’, y me decía “nos volvemos a encontrar aquí en un par de meses; verás cómo nos jugamos el ascenso en la final de play off”. Durante las últimas semanas no he podido borrar de mi mente las palabras, ni el gesto, de aquel directivo del Getafe Club de Fútbol.
Miro al campo. Es tiempo para ellos. Se me cuela en el ángulo de visión un Martí inquieto y que gesticula. Aquel ambiente atronador, emocionante, ilusionante, convencido, me hace retrotraerme. Y aparece en mi mente la imagen de la abuela de Ayoze, en Montillivi, al acabar el partido que confirmaba el ascenso a Primera División del Fútbol español, en la temporada 2008-09. Ella, cuando el delirio se desató al final del partido, subió las gradas hasta que consiguió que nos diéramos un beso y nos abrazáramos. Recordé el apretón de Conrado González Ballacado, que a punto estuvo de destrozar mi mano, tras el gol de Kome. Recordé la llamada a la madre de Ricardo. Y cómo el Presidente Miguel Concepción me dijo “vamos a felicitar a los chicos”. No lo dudé. Bajé al vestuario, y allí estaba en la puerta un solemne –y lesionado- Marc Bertrán ejerciendo de capitán. Richi me miraba asombrado, y Culebras gritaba ‘a la ducha’. Yo buscaba a Ricardo y a Pablo Sicilia, pero encontré a Manolo Martínez, a Nino, y a mi admirado Ayoze. Más tarde me di cuenta que no había felicitado a Oltra. Me di cuenta de eso, y de que había una cámara de televisión en aquel recinto.
Suena el silbato y vuelvo a la realidad, para contemplar el despliegue del Club Deportivo Tenerife. Queda todo por vivir, de nuevo. Y releo a Galeano, “yo no soy más que un mendigo del buen fútbol”.