Por @beatrizpalmero
Tristeza. Es lo primero que siento cuando pienso en el partido del sábado, en esa sensación de tener tan cerca el objetivo, casi tocarlo y ver como luego se alejaba irremediablemente de golpe. Me sentí como aquel día ante la Ponferradina, en el que pensé que tenía que ser una sensación muy parecida a verse plantado en el altar el día de tu boda, compuesta y sin pareja, sin explicación, con la única certeza de que se desvanecía tu mayor deseo en el aquel momento ante tus ojos sin poder explicarlo. Cierto que ahora el sueño era más bonito, pero entonces la perspectiva de verlo desaparecer era peor. Quedarse un año más en Segunda B era una pesadilla, la segunda no da tantos terrores nocturnos.
Rabia. Fue lo más visceral que sentí durante y después del partido. Durante por las continuas pérdidas de tiempo del rival, por la sensación de que desaprovechamos el partido de ida para ir a Getafe con mayor ventaja, por la impotencia de sentir la lentitud de Martí para ciertas cosas. Y después por ver cómo los aficionados azulones, en vez de celebrar su alegría, se acordaban primero de nosotros.
Falta de empatía. Por ciertos comportamientos de mi afición. No me sentí demasiado cómoda durante el partido. Cierto que nada más llegar nos recibieron con un “africano el que no bote” pero, si no paramos de repetir que eso para nosotros no era un insulto, ¿por qué caímos en su provocación? Desde el minuto uno estuvimos cantando lindezas como “Getafe es una aldea”, “no se oye”, “p… Getafe”, “Torres, h… de p…”. Quería que la tierra me tragara. Me imaginé en el Heliodoro viendo como una afición rival repetía cánticos semejantes y la rabia y la vergüenza me crecía exponencialmente. Se prefirió en general ese tipo de gritos a animar únicamente a nuestro equipo, incluso en los momentos más delicados. Eso me llevó a la siguiente emoción.
Vergüenza. Por la respuesta de parte de nuestra afición a las provocaciones finales de los azulones. Teniendo en cuenta que las provocaciones fueron mutuas, era de esperar que, al final, iba a haber intercambio de actitudes vergonzantes, fuera cual fuera el desenlace. Cierto es que el dispositivo de seguridad no fue el adecuado, y más cuando llevo años viendo a pie de césped la labor de las Fuerzas de Seguridad del Estado. Pero ni eso ni las indignantes provocaciones de la afición rival pueden justificar que unos cuantos aficionados blanquiazules arrancaran butacas de su asiento y las lanzaran al césped. Sentí mucha vergüenza. Porque permitimos que nos ofendieran y no debe ofender quien quiere, sino quien puede. Caímos en su actitud sucia y deleznable. Y nos pusimos a su nivel. El Tenerife es otra cosa. Debe ser otra cosa.
Orgullo. Por esta plantilla, por su entrega, por su dolor, que es el nuestro. Nos hicieron soñar como hacía tiempo que no lo hacían. Y eso no podremos pagárselo jamás.
Emoción. Al ver el recibimiento de la afición en el aeropuerto, las lágrimas incontrolables de Dani, Suso, Carlos Ruiz, Raúl Cámara… Fue conmovedora la respuesta de los seguidores blanquiazules. Así sí, no como en Getafe. Lo que vimos en Tenerife Norte sí fue sentimiento blanquiazul, sí fue la afición que debemos aspirar a ser siempre. En ese momento sólo pude cerrar los ojos y dejar caer las lágrimas que me brotaban. Eso sí es el Club Deportivo Tenerife. Cuidémoslo. Propongámonos ser esa afición que llevamos dentro, aspiremos a ser ese club que todos envidien por el apoyo incondicional y deportivo que recibe. Lo de Getafe no, por favor.