Machismos asqueroso el que reina entre nosotros. Misoginia encubierta sin mayor reparo ni justificación que la de creerse superior por colgarle un rabo entre las piernas. Animales a los que Dios les dio el don del desorden en sus propias vidas y, sin embargo, pretenden dirigir por el buen sendero la de los demás. En el deporte y en la vida misma. En la cultura y en la política. Machistas asquerosos en todos lados a los que debemos señalar de una vez por todas por pretender recuperar el Siglo XVIII varios años después.
Tan machista es quien emplea la difusión de los medios para jactarse de hombría como quien en un foro de responsabilidad desprecia los valores de la mujer nacida en una isla. Tan asqueroso quien observa a mujeres haciendo deporte al tiempo que es capaz de destruir su talento comparándolos con el sexo opuesto.
Machista es haber nacido escondido en la cobardía y la frustración. El fracaso de su propia vida mientras el resto camina con seguridad en la suya. Machista es quien a un machista le permite ser machista. Y no suena a redundante. Es también otra forma de expresarlo.
Estoy cansado del machismo ramplón y asqueroso. Y a ellos les pido que, tras una ducha fría, recapaciten. Que no vean la paja en el ojo ajeno y que pidan perdón. Perdón por los comentarios (unos), y por el desprecio a sus propias compatriotas (otros). Nadie es perfecto. Nadie en este mundo. Y si por alguna razón el Universo quiso buscarla, posiblemente se acercó más a la mujer que al hombre. Motivos en mi vida tengo para pensar así.
Con respeto. Gracias.