Por @beatrizpalmero
Entramos en Cuaresma este miércoles de ceniza y, lo cierto, es que el Tenerife tiene pocos motivos para hacer penitencia. Hace un par de meses clamábamos por refuerzos de invierno que dieran calidad al equipo y poníamos el grito en el cielo porque Marc Crosas se marchaba sin haber dado muestras de que podía ser útil a este equipo, igual que Alex García, dos jugadores que habríamos fichado cualquiera con los números y el currículum en la mano. Pero su marcha nos dejaba señalando, como siempre, a la secretaría técnica. Y pedíamos al clero blanquiazul que enmendara sus errores y pensara más en sus fieles.
Dos meses después, nos hemos olvidado de nuestras oraciones y hemos pasado a la acción de gracias, y hasta alguna copita nos habremos tomado para celebrar la buena marcha del equipo. Y nadie se acuerda de los fichajes de invierno, porque quien nos ha dado ilusión son los que estaban desde el inicio. Amath se ha convertido en el nuevo pichichi del equipo y muchos ya lamentan que tenga que volver a la disciplina colchonera a fin de curso. El otro jugador de los que llegó en verano que está rindiendo a gran nivel es Aarón Ñíguez, con cuatro goles y grandes detalles de calidad. Camille se ha afianzado en el lateral, dejando en el banquillo a otro de los refuerzos estivales, Iñaki, que ha cumplido bien cuando ha jugado, lo mismo que Ismael Falcón, que venía a ser la retaguardia de Dani Hernández. De momento, Edu Oriol es el único al que le están pasando facturas las continuas lesiones, que tampoco han sido benévolas con Rachid. Pero Tyronne ha encajado muy bien en el grupo y poco a poco se espera también la calidad de Shibasaki, cuya adaptación no va a ser fácil. En resumen, es el equipo que comenzó en verano el que ha llevado al Tenerife a la cuarta plaza.
Viendo la dinámica que han alcanzado los de Martí, no será gran sacrificio desprendernos de la carne hasta Semana Santa. Con un poco de suerte, para entonces, y a falta de ocho jornadas, la Resurrección ya será un hecho y estemos pidiendo el milagrito de ver con nuestros propios ojos la Ascensión a los cielos.