Fue en diciembre cuando Nadal decidió incorporar a su staff de entrenadores a Carlos Moyá. Amigos desde hace años, el mejor tenista español de todos los tiempos quiso entonces dar un giro a sus entrenamientos y buscar un revulsivo. Las lesiones han mermado la carrera de Nadal en los últimos tiempos, aunque muchos opinan que proceden más de un aspecto meramente mental que de exceso físico.
Cuando uno ha sido el mejor de manera indiscutible apenas cambia su rutina profesional. Comes, vives, entrenas y compites siempre de la misma manera. Para qué cambiar si así te va bien, piensan. Pero todo sistema basado en un mero proceso industrial (al más puro estilo Ford y su línea de cadena de trabajo), termina por anquilosarse y los que vienen detrás, con otros modelos que tampoco es que sean del todo revolucionarios, terminan por adelantarte. Así, de poco para acá, hemos visto a Nadal caer contra los rivales más impensables.
Si usted, lector, ha disfrutado alguna vez de clases particulares de tenis o padel, habrá sufrido el famoso cono al que dirigimos nuestros golpes de manera repetida y durante un minuto sin parar. O no dejará de alternar hacia un lado y a otros drives y revés evitando que salgan de la pista. Hasta diciembre, para Nadal, esto apenas entraba en su cabeza. Ahora con Moyá, el entreno específico es su pan de cada día.
No importa que Nadal haya perdido con Federer en Australia. En absoluto. Nadal ha ganado este encuentro de manera personal. Ha sido capaz de jugar cinco sets al más alto nivel (de nuevo), se ha repuesto de un complicado 1-6 y todo tras quince días de espectáculo levantando bolas de partido, jugando con rabia y haciendo disfrutar a un país que lo ama. Porque tanto el nuevo Rafa Nadal, como el viejo, haga lo que haga, es Patrimonio Nacional. No importa si no vuelve a vencer jamás, si se lesiona de por vida. Nunca habrá nadie como él, mejor embajador que él ni tan gran tenista. Cuando Nadal juega, España se concentra. Cuando Nadal gana, España es feliz, cuando pierde, orgullosa. Si ha vuelto a emocionarnos no es solo porque se haya reencontrado con él mismo, también se ha topado de frente con la horma de su zapato: Carlos Moyá.