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El traje nuevo del emperador

por @juanjo_ramos

Durante estos meses, quizás porque tengo más tiempo para pensar, he avanzado en eso de distinguir lo importante de lo verdaderamente importante y lo anecdótico de lo absolutamente intrascendente. Como ustedes, supongo, en el pasado di demasiada importancia a cosas que no la tenían y a gente que no lo merecía. “Se llama madurar”, me dice un amigo. Yo no lo llamaría así, pero les aseguro que se vive mejor.

Por eso, me importa un pimiento que algún profesional dedique minutos a criticarme por un artículo que ni siquiera escribí. Y no me inmuté cuando el otro día se disculpaba conmigo un compañero porque, sin intención alguna, había colaborado en lo que pretendía ser, por parte del autor real, una burla hacia mí. No lo culpé, porque no era su intención, ni dediqué un segundo más a pensar en el asunto ni en el verdadero responsable.

Debe ser duro no tener vida más allá de las redes sociales, de la burbuja mediática, de la generación constante de aliados sin cerebro que te digan que vas vestido, como en la fábula “El traje nuevo del emperador”, de Hans Christian Andersen.

Puede que sea, como apuntaba mi amigo, porque me hago mayor. Pero no me veo reclutando un ejército y alentando a mis soldados a través de chats de grupo o mensajes privados de twitter para que publiciten mis (artificiales) logros o se metan con un compañero de profesión. Tampoco creando perfiles falsos para tratar de ridiculizar a otros o hacerme auto-retuits.

Sí me molesta que vivamos en un país en el que a la gente le cuesta demasiado darse cuenta de los engaños, del juego subterráneo. Donde se valora más el enfrentamiento y el insulto que el debate y el intercambio de ideas. Donde hay silencio como rácano acto de generosidad, pero nunca un reconocimiento explícito de que el otro tiene razón.

La situación llega a ser desesperante cuando, ante lo bueno, nos callamos. La victoria del Tenerife en Almería, sin ir más lejos, supone un soplo de aire fresco. Un germen de ilusión. Nada más. Tampoco hay que tirar las campanas al vuelo. Pero a algunos, aspirantes a vivir del club o creadores de mentiras, se les ve el plumero en su cobardía. Ni un atisbo de alegría tinerfeñista. Volverán a ladrar si el equipo encadena dos resultados negativos. A criticar (es lícito) y a jugar con el trabajo de los demás (es deleznable) siempre que beneficie sus intereses particulares.

Otro ejemplo. Ver que el debate Cervera renace en una semana feliz descubre la pobreza mental de algunos. Que el entrenador que devolvió al Tenerife a Segunda A sea más criticado en la Isla que otros como Gonzalo Arconada es para reflexionar profundamente. ¡Chiquita obsesión!

Me quedan, ante todo esto, dos sensaciones: impotencia y paz.

Impotencia por no encontrar la manera de utilizar, desde la humildad, el doloroso “te lo dije” como herramienta para que el sector menos reflexivo y más agresivo no caiga en la trampa de destruir sin más en la siguiente ocasión.

Paz  porque el mayor patrimonio de una persona es tener la conciencia tranquila. Equivocarse sin querer hacer daño es humano. Hacerlo con la intención de dañar es de cobardes que solo quieren seguir desnudos y que les digan que el traje nuevo es bonito.