por @juanjo_ramos
Sobra decir que ni España era favorita después de ganar a República Checa y Turquía ni una panda de tuercebotas dirigida por un señor caduco y al que más le valdría ponerse a jugar a dominó con los amigos de su pueblo, desde la derrota ante Italia. Sucedió lo que tantas otras veces en el fútbol: el hambre gana, el elogio debilita. La necesidad empuja, el miedo agarrota.
Antonio Conte, entrenador moderno y genio táctico a la última, supo adaptarse a los mimbres con los que contaba para hacer el cesto. Sin Pirlo, Verratti o Marchisio para armar un centro del campo talentoso y la ausencia de un delantero de primer nivel, tuvo que variar su idea y apostar por otro fútbol. Cuando muchos esperaban el regreso del catenaccio, él supo leer cómo hacerle daño a España: presión alta para ensuciar la salida, bloqueo a Busquets, y juego directo hacia Pelle para esperar a su segunda línea. Todo apoyado en un De Rossi incomensurable mientras le duró el físico.
Italia fue pura intensidad desde que sonó el himno. A España se le quedó la misma cara que cuando sonaba el suyo al empezar a rodar el balón. En la primera parte, los de Del Bosque fueron un desastre táctico: incapaces de sacar limpia la pelota, con las líneas separadas, la presión desajustada y sin ese punto de amor propio para suplir con intensidad y físico las enormes carencias del planteamiento. Hubo que esperar al descanso para que llegara la primera medida de sutura.
Quedó falsamente sellada la herida oponiendo a los tres expertos centrales rivales un nueve de verdad. Pero el técnico español no supo resolver el entuerto del centro del campo y, aunque la presión funcionó algo mejor con el paso adelante del equipo y el riesgo de recibir contras claras, La Roja solo fue capaz de crear un par de ocasiones aisladas. Pudo empatar. Pero nunca tuvo la sensación de controlar por completo la situación. Italia, soportada en su peor momento por un Buffon que vive una segunda juventud, supo sufrir… y ganar.
¿Qué le faltó a España? Pues un entrenador. No es esto una falta de respeto a Del Bosque, algo que con un Mundial y una Eurocopa a sus espaldas sería imperdonable. Pero sí la constatación de que la regeneración de la selección pasa por otras manos. El exmadridista es un excelente gestor de grupo. Pero justo esa virtud es su peor defecto en un momento como este, en el que hay que tomar decisiones drásticas.
Jugadores como Casillas, Cesc y Pedro no están (ahora) para estos trotes. A Busquets, Silva o Alba hay que reencontrarles el hambre. Puede que con competencia. A Ramos hay que recordarle que sus galones no le dan para tirar un penalti decisivo. Todas estas decisiones dependían de Del Bosque, que no supo imponer su capacidad (y derecho) para decidir los lanzadores. Para borrar a Pedro después de sus declaraciones, dar descanso a Ramos contra Croacia para evitar que jugara a medio gas por el miedo a perderse octavos, rotar a algunos titulares para que Thiago, Lucas, Bellerín o Koke se sintieran importantes.
Subyace de todo esto una conclusión tan fácil de decir como dura de asumir: los jugadores que han tomado el relevo de Puyol, Xabi Alonso, Xavi, Villa o Torres son peores que ellos. Urge, para equilibrar, la capacidad de un entrenador que asuma esta circunstancia y sepa matizar, sin desnaturalizar, el estilo de España. Y que logre, a base de decisiones, reactivar el hambre por ganar y el orgullo por vestir esa camiseta. No hay más. España puede volver a ser un equipo ganador en 2018, pero el camino empieza en el banquillo. Con un acierto de Villar (¡Tengo miedo!). O la sequía será más larga y la desidentificación con el combinado nacional, progresiva.