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Experiencia

Por @beatrizpalmero

 

A lo largo de la vida es ineludible acabar asociando ciertos lugares con determinados momentos, sensaciones o etapas importantes. Si, además, como me ha pasado a mí, has estudiado o trabajado lejos de casa, sin olvidar esos viajes de verano en los que siempre guardas algo, acabas dejando trocitos de ti mismo en muchos sitios. Desperdigados por ahí hay lugares muy especiales para mí, algunos tanto, que procuro volver de vez en cuando, sólo para volverme a poner en la piel de aquella que una vez fui o para calarme de esa nostalgia que a veces empapa agradablemente la piel de quien ahora soy.

Uno de ellos es Irlanda, donde pasé alguno de mis veranos adolescentes, cuando pensaba aún que la vida era color de rosa. Y así, asocio el verde de ese país a la inocencia y lo agreste de sus paisajes a la pureza de un corazón aún virgen de golpes y crueldades. Y yo que, lo reconozco, soy una fan de Juego de Tronos, me enternezco cada vez que adivino en las escenas los paisajes tan característicos de Irlanda, por mucho que sean escenarios del Ulster, donde nunca puse un pie. Pero hay un algo en esa isla absolutamente reconocible que me transporta a una época en la que soñaba más que vivía.

Desde entonces, y pese a que la vida me ha alejado mucho de aquella muchachita soñadora e ingenua, por no decir necia, me atrae todo aquello que tenga que ver con la historia, la cultura y la literatura irlandesa. Uno de mis favoritos es Oscar Wilde, cuya experiencia vital, muy azarosa,  le llevó al más profundo pesimismo al final de sus días: “Escribía cuando no conocía la vida. Ahora que entiendo su significado, ya no tengo que escribir. La vida no puede escribirse; sólo puede vivirse”. Su experiencia le había traído la decepción, aunque el dublinés creía que la experiencia no es más que “el nombre que damos a nuestros errores”.

Uno no puede volver atrás y enmendar un error, una equivocación, una mala decisión. Ya nos gustaría. Pero sí puede intentar no volverlo a repetir. Hacerlo sería de necios. Y, la vida es así, siempre nos vuelve a poner en algún momento, en la misma tesitura, por qué será.

Y, no puedo evitarlo, este final de temporada me transporta a dos campañas atrás, cuando tras un inicio difícil pudimos soñar, con más fuerza que ahora, con los play off. Pero conseguir una permanencia que se había puesto tan difícil y otras circunstancias más banales como arbitrajes o derrotas injustas, convirtió el sueño en un calvario que se prolongó la siguiente temporada, y que los jugadores no supieron superar. En aquellas siete derrotas consecutivas se pusieron los cimientos para la caída de Cervera. La llegada de José Luis Martí, bien renovado a mi entender, diluyó al fin la hostilidad que nació entonces. Y ahora acaba otra temporada en la que ya es difícil alcanzar el sueño. Sirvámonos de la experiencia para no cometer el mismo error. No empañemos esta comunión con la afición que tanto ha costado recuperar encadenando malos resultados o mal juego.

Porque, pese a todo, el hombre es el animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Y no quiero tener que darle la razón a otro irlandés, Bernard Shaw, que consideraba que “aprendemos de la experiencia que los hombres nunca aprenden nada de la experiencia”.