Por @beatrizpalmero
Me he enganchado recientemente a la serie El Ministerio del Tiempo. Empatizo muy fácilmente con esos personajes que de repente se ven hablando con Lope de Vega, Gregorio Marañón o Ambrosio de Spínola. Me resulta fascinante la idea de poder ver con mis propios ojos cómo era la España esta que, como bien refleja la serie, ha progresado con los tiempos pero no ha cambiado en absoluto.
Y tras cada capítulo dejo volar la imaginación buscando aquellas puertas que me gustaría atravesar. Y sí, me encantaría ver la España del Siglo de Oro, o la del 98, y poder tropezarme con Quevedo o con Antonio Machado, visitar la Salamanca en la que Miguel de Unamuno ejercía como rector o, por qué no, estar en aquella aula en la que Fray Luis de León sorprendía a sus alumnos diciendo “Como decíamos ayer…” después de cinco años de cautiverio.
Pero mi imaginación va más allá y me veo cruzando la puerta por la que podría ver la Tenerife aborigen, virgen, sin construcción, sin más civilización que la guanche, sin conquista y sin políticos cortos de miras que destrozan la costa en nombre de un progreso mal entendido. Y ver cómo se gestó sobre un plano con la rosa de los vientos la planta lagunera que se exportó a Las Indias y sus señoriales casas recién construidas. Y ver la furia del Teide durante sus erupciones y cómo la isla se va modelando hasta la que conocemos actualmente.
Y me gustaría volver atrás, a aquel verano en el que Dublín me hizo conocer la felicidad del alma, a aquella fiesta de graduación en el Puerto de la Cruz en la que pensé demasiado en los demás y poco en mí sin saber que mi vida podía haber cambiado por completo y que me estaba conformando con una espina eterna, a aquel atardecer en Taganana en el que quería decir mil cosas y en vez de hablar lloré hasta que no me quedaron lágrimas, a aquel año en Roma en el que descubrí que las cosas no eran blancas o negras, a aquellos carnavales en los que daba palos de ciego y me equivoqué, a aquella fiesta de cumpleaños en la que sí cambió mi vida (aunque sólo fuera para volver a sentirlo todo otra vez), a aquellas tardes en Radio MyD en las que no cabía el aburrimiento y en las que me di cuenta de que sí, de que podía ser periodista, a aquel 27 de marzo en el que me quedó alguna cosa que decir, o al 16 de julio de 2011 para volver a disfrutar de la fiesta de mi vida.
Y como soñar no cuesta dinero me gustaría volver a la Transición, para respirar el aire de ilusión y esperanza que lo llenaba todo. Y a 1982 y descubrir el ambiente mundialista en aquella España que yo sólo recuerdo de refilón, sólo porque existían los dibujos de Naranjito. Y ya que estamos, estar en el Maracaná el día que Schiaffino y Ghiggia lo silenciaron en 1950, o estar en el Azteca en el 86 el día que Maradona asombró al mundo ante Inglaterra y patentó la mano de dios. O revivir el día en que vi al astro argentino pisar el Heliodoro y desesperarse ante Fernando Redondo con la mano abierta gritando “fue el cinco”, o el día en que el Madrid salió del recinto capitalino con la cabeza gacha tras un error de Buyo, o un año después cuando sólo pudieron apelar a una supuesta mala actuación arbitral para justificar que el Tenerife le había pasado por encima. Sí, me encantaría volver a vivir esos momentos en los que no hay atentados terroristas, ni accidentes de guaguas, ni desahucios ni tantas cosas que nos encogen el corazón
Y volvería a Girona a cantar como poseída el gol de Kome mientras me alejo el micrófono a mil metros, y a llorar tras el partido abrazada a Toño Hernández, y a dejar que Manolo Martínez me bañara en champán. Y volvería a L’Hospitalet a ver llorar a Cervera cuando todavía no lo habían acribillado como un conejo y a aquel partido que remontamos al Numancia en el Heliodoro y nos colocaba en puestos play off y nos daba pasaporte para soñar antes de sufrir siete derrotas consecutivas. Y también me plantaba en Butarque, pero no cuando Hugo Morales, que también, sino cuando Javi Lara nos soprendió y nos hizo sentirnos orgullosos otra vez de este equipo.
Vaya. Si no hay que irse tan lejos. Querría vivir una y otra vez este orgullo. Por favor. Que se repita como un bucle. Que no tengamos que volver atrás a buscar la puerta. Porque, maldigo la imaginación, el Ministerio del Tiempo no existe.