Por @MaverickGold
La lucha por los intereses de dos partes suele dar de qué hablar. Lo que ocurre es que en una empresa privada que no trasciende a la opinión pública, las negociaciones para una mejora, revisión o modificación de un contrato laboral se quedan en el ámbito privado de empresa y trabajador, y más allá del entorno familiar del asalariado el asunto no tiene más recorrido. Pero cuando eso llega al planeta fútbol y en un club tan mediatizado como el CD Tenerife la cosa cambia. Una conversación entre tres se convierte en un secreto a voces que al poco tiempo está circulando en tuits y narrándose en programas de radio. Lo natural vamos, aunque luego haya quién de manera ingenuamente nada creíble se escandalice por el hecho que conversaciones privadas salten a la luz. De eso vivimos los periodistas, y ya se sabe que muchas veces “interesa” que se conozcan detalles de una negociación.
Estamos asistiendo estos días a la negociación 3.0. La de Omar Perdomo y el CD Tenerife se cuenta en Twitter al poco de cerrarse la puerta de las oficinas del club. Filtraciones que forman parte de este ecosistema, pero que dejan al descubierto que si hay tres personas reunidas en una habitación y lo que allí se comenta sale a la luz no le vamos a echar la culpa al jarrón de la mesa que se fue de la lengua. No voy a ser yo quién censure eso, faltaría más. Los “cuenta cosas”, como me gusta llamar coloquialmente al gremio en el que me incluyo, nos relamemos con las filtraciones, más o menos interesadas, a sabiendas de que en esa transparencia se esconde en ocasiones una verdad a medias o una versión partidista de la cuestión. Omar y el Tenerife negocian un contrato. El Tenerife defiende una postura y el jugador otra, pero están condenados a entenderse. En medio de las sesiones de acuerdo y desacuerdo, tuits y relatos varios se mezclan buscando el cáliz de la verdad, algo que muchas veces se queda en el camino de las prisas por tuitear la penúltima discordancia. Nada nuevo en este mundo del fútbol, los contratos, los representantes y los periodistas. Un mundo en el que hay que moverse con pies de plomo y siempre con la sospecha de que detrás de una filtración te metan un gol que luego no puede ser anulado. Gajes del oficio al fin y al cabo, y juego de secretos compartidos al que todos jugamos.