Por @juanjo_ramos
“Es un sitio del que no me gusta hablar. Me crié allí, mis padres murieron allí, ascendimos, mantuvimos al equipo y, en el último año, tuve que dirigir los partidos custodiado por la policía. Nunca lo entendí. Tuve que salir como a escondidas». Las palabras de Álvaro Cervera, las primeras sobre Tenerife después de su salida hace un año, duelen. No puede uno sentirse orgulloso de que alguien, caiga mejor o peor, que ha cumplido con honradez (no entro en si con mayor acierto o desacierto) su trabajo, diga eso del comportamiento que se tuvo con él.
No pretenden convertirse estas líneas en una defensa del segundo entrenador que más partidos ha dirigido en la historia del club, el hombre del último ascenso de Segunda B a Segunda A. Porque sus números y su trabajo se defienden solos. En la última temporada, la pasada, no atinó a la hora de encontrar la manera de hacer competitivo a una plantilla deficiente desde su construcción. Y acabó siendo destituido justamente si se atiende como criterio a los resultados y su posición en descenso.
Pero no es menos cierto que vivió durante meses una campaña de acoso y derribo lastimosa y censurable. Valía cualquier cosa, incluidas tergiversaciones y mentiras, para manchar su imagen. En la conciencia de quienes participaron queda. Pero no son ellos, los que manipularon y engañaron, quienes me preocupan. Porque, al fin y al cabo, solo el tiempo les separa de ser descubiertos (si es que no lo han sido ya) como lo que son: gente sin alma, sin escrúpulos, que solo defiende sus propios intereses.
Me disgusta más que el mensaje calara en la afición, al menos en un sector demasiado amplio, para que las críticas (lógicas) por el rendimiento deportivo pasaran a convertirse en acoso y derribo. Que alguien no pueda pasear por la calle con tranquilidad, que tenga que ser custodiado por la policía mientras desarrolla su labor profesional o que vea como familiares suyos son increpados deja una imagen de Tenerife muy alejada de lo que uno cree que es, o al menos debe ser, su tierra.
La semana ha dado también para escuchar a Aridane, que se enfrentará a su exequipo el próximo domingo, referirse a las causas de su salida como “cosas de las que prefiere no hablar”. El delantero también recibió críticas desairadas, exageradas. Y burlas. “Es fútbol”, me dicen algunos. Me niego a aceptar que ridiculizar y hacer daño forme parte del “juego”. Luego, somos capaces de censurar que otro (Javi Moyano) de los que sufrió esa ira del sector del tinerfeñismo más cruel abandone el equipo a unos días del inicio liguero. Queremos recibir y recibir, pero nunca dar. Que se lo digan ahora a Suso Santana, capitán y con sangre blanquiazul en las venas. Es verdad que no está al nivel de la temporada pasada, pero que el público le silbara ante el Llagostera me pareció una crueldad más.
Lo repite mucho José Barroso, mi compañero en El Día: “El fútbol no tiene memoria”. Será verdad y seguro que pasa en todos lados. Pero cuando sucede en Tenerife duele.