Miguel Concepción no es simpático, ni locuaz, ni transmite carisma. Y no vende motos sin ruedas a los aficionados. Pero ha sido un buen presidente. Una realidad objetiva le apoya: hace diez años nadie quería hacerse cargo de una entidad condenada a la desaparición y hoy hay tortas para sucederle. ¿La razón? El Tenerife está mejor que hace diez años. Infinitamente mejor en el plano económico, bastante mejor en el deportivo y algo mejor en el social.
La gestión económica de Concepción admite poca crítica. Recogió un club que debía más de 54 millones de euros y ya ha rebajado la deuda hasta los 18 kilos. Vendiendo parte del patrimonio de la entidad, sí, pero no regalándolo. Y ha recuperado la normalidad en su vida diaria: el Tenerife ha vuelto a las páginas de deportes y ha abandonado las de sucesos. O lo que es lo mismo: su futuro depende de los resultados que obtenga en el césped, no de la compasión de sus acreedores.
La gestión de Concepción –y sus consejeros– no sólo ha evitado la previsible desaparición del Tenerife, sino que ha permitido consolidar al equipo en el fútbol profesional con más apoyo social y en una mejor situación deportiva. El Heliodoro no se llena, pero sí supera los seis mil espectadores que fueron habituales en un tiempo. Y ahora los canteranos son mayoría en una plantilla que cuando llegó tenía escasa identidad y ¡once extranjeros! de muy dudoso nivel.
P.D. Concepción ha gobernado el Tenerife con errores, pero sin odios. Se ha equivocado, pero no ha querido dividir ni ajustar cuentas con el pasado. Ha rendido un (merecido) homenaje a Javier Pérez, pero también ha reconocido la labor de dirigentes de otra ideología como Pérez Ascanio o Pepe López. Es justo recordarlo. Todos los que aspiran a sucederle deberían saber que, por encima de errores y aciertos, el camino correcto no debe transitar jamás por el odio y la división.