Decía el poeta y cantautor Marwan tras “El debate decisivo” en un tuit que “lo más triste de ser votantes es la constante incapacidad para criticar a aquellos a quienes votamos”. Y, desgraciadamente, tengo que admitirlo, la mayoría es así. No hace mucho alguien me decía que votaría a su partido de siempre aunque presentasen una cabra a presidente del Gobierno. Y alguien a quien tengo por inteligente. Y esos comportamientos me desconciertan, porque, en ellos, como bien señalaba Marwan en su nota, “se entra en el juego del y tú más para justificar políticas y actuaciones nefastas”.
En el debate entre Soraya Sáenz de Santamaría, Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias, hubo mucho de ese “y tú más”, especialmente entre los dos grandes partidos, una actitud bastante cansina. Me da igual quien más y quien menos, si ninguno de los dos es capaz de admitir los errores propios y los aciertos ajenos. Y, desgraciadamente, tengo que reconocer que en España esta es una práctica muy común y que la política no es más que el fiel reflejo de los españoles. Y tenemos que decir que en los sitios pequeños como este, es la práctica habitual, y hasta los periodistas, que deberíamos intentar de practicar la crítica imparcial y ofrecer todos los puntos de vista, también nos hacemos hooligans, defendiendo lo indefendible a capa y espada sólo por hacer prevalecer nuestro punto de vista sobre los demás. Y, por poner un ejemplo claro, ahí tenemos a Marhuenda.
Y el Tenerife, como me hastía, es un ejemplo de ello. No hace mucho vivimos una campaña de acoso y derribo sin igual a un entrenador que dirigió de forma solvente al equipo para sacarlo del pozo de Segunda B y mantenerlo en categoría profesional de manera casi brillante. Claro que siete derrotas consecutivas son un lastre muy grande para alguien que no encaja en los intereses particulares de algunos, sobre todo si la idea es vender que el club es un desastre y que hay que renovarlo a toda costa. Y si es con la gente que nos interesa mejor.
Y ahí volvemos al “y tú más”. Hay demasiado interés por dejar constantemente a la altura del betún el mandato de Miguel Concepción. Y al igual que pasa con los presidentes del gobierno, todo mandato tiene luces y sombras. Ni todo lo que hace uno está bien ni todo lo que hace otro está mal. Yo creo que hay muchos puntos en los que podemos estar de acuerdo: deportivamente no siempre se han hecho las cosas bien, pero creo que el club ha sabido rectificar a tiempo y en los últimos años se ha abierto paso a chicos de la cantera que están llegando al primer equipo y llamando la atención de terceros, como hacía décadas que no sucedía. Quizá no se ha acertado con ciertas elecciones, pero hasta los mejores directores deportivos se equivocan. También estaremos de acuerdo en que el club, en general, sigue anclado en el mundo 1.0 y le cuesta abrirse camino hacia las nuevas posibilidades que ofrece el 2.0. Hay poca interacción con socios y aficionados y pocas iniciativas para fomentar ese sentimiento de pertenencia del que tanto hablan este año. Y tampoco podemos negar que la gestión económica de una deuda apabullante ha sido muy buena, evitando el concurso de acreedores y las causas de disolución, aún a costa de supeditar lo deportivo a lo económico. Podremos discutir si se podía haber hecho de otra manera, pero los números están ahí.
Pero claro, es más fácil recordar constantemente que todo es mejorable, que todo está mal hecho, que el club así no tiene futuro. Pues yo debo ser un bicho raro, porque hasta a aquellos gobiernos que no tienen nada que ver con mi ideología, les reconozco las cosas que han hecho bien. Que no por ser contrarios a mi forma de pensar tengo que justificar lo contrario a toda costa. Todos los partidos tienen comportamientos o decisiones injustificables, como la no presencia de Rajoy en un debate presidencial. Defender su ausencia como un fanático es lo que impide avanzar a este país.
Seamos críticos y seamos un lastre para que este club avance. Dejemos de ser borregos y de decir “y tú más”. Y no creamos todo lo que escuchamos. Lo sé, es difícil creer en utopías. La política es más mundanal y sucia. Para nuestra desgracia.