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Ojalá

Por @beatrizpalmero

Digo a menudo que yo crecí al mismo tiempo que el Tenerife. Recuerdo mis primeras veces en el Heliodoro, por la mañana, cuando el Tenerife aún no estaba en Segunda. Empecé a dejar de corretear por los pasillos del Estadio justo con el penúltimo ascenso a la categoría de plata y me enamoré definitivamente de sus colores con los goles de Rommel Fernández y aquel Tenerife de Benito Joanet. Entonces era una de las que estudiaba EGB y, sí, lo mejor estaba por llegar. En mi adolescencia, al tiempo que me rompían por primera vez el corazón (nunca queda igual), descubría la verdadera amistad y repetía ya que quería ser periodista deportiva, el Tenerife saboreaba la miel de ganar a los grandes, hasta el punto de darle con la liga en las narices a todo un Real Madrid, se clasificaba entre los cinco mejores y se estrenaba en la Copa de la UEFA.

Nunca olvidaré la ilusión de aquellas tardes en un Heliodoro a rebosar, los grandes jugadores que pisaron aquel césped y lo orgullosos que hablábamos los lunes de aquel equipo. Y los martes, y los miércoles… Ya en la Universidad descubrí la magia de pasar una tarde de domingo pegada a la radio y los nervios que pasé en el viaje de regreso a casa para ver aquella semifinal contra el Schalke 04. Mi padre me había prometido que si pasábamos a la final, que entonces se jugaba a doble partido, iríamos a verla. Nos habría tocado viajar a Milán. Pero no pudo ser. Imposible olvidar aquellas noches europeas: el gol de Chemo del Solar ante el Olympiakos, el gol de Felipe en un épico partido ante el Auxerre o aquella picardía que exhibió en Grecia, o los goles de Juanele en aquel 5-3 al Lazio.

Aquel Tenerife parecía no tener techo. Pero nos equivocábamos. Antes de que terminara la carerra el equipo bajó a Segunda. Pero en mi primer año como periodista, ya con mi título bajo el brazo, viví el regreso a primera no sólo como aficionada, sino como profesional, en la desaparecida Radio MyD. Entonces ni siquiera sospechábamos que los años de gloria se nos escurrían entre los dedos sin remedio, como la arena de un reloj y que llegaría un momento en que los recordáramos con nostalgia e, incluso, con tristeza. Ya era adulta y, como el Tenerife, dejé de crecer, al menos físicamente. A menudo me pregunto si volveré a vivir momentos así con este equipo.

Y esa pregunta me persigue hasta el acoso en estos días, en los que se homenajea la labor de Javier Pérez. Sin duda no hay ni un solo birria que no albergue el deseo de que vuelva a aparecer un líder así, listo como un lince, atrevido como un mono de feria, dominador del entorno como un león, ambicioso como pocos. Y, sin embargo, hay que recordar que fuimos los propios blanquiazules quienes lo dejamos fuera del Tenerife. 15 años después, nuestro club arrastra una deuda que se generó en aquella aspiración que teníamos todos de tocar el cielo. 15 años de austeridad y ostracismo, salpicado con alguna que otra alegría brillante en medio de la mediocridad.

Y aún así, si me dieran a elegir entre un club saneado y aquellos momentos que nos hicieron vivir los Valdano, Redondo, Felipe, Heynckes y compañía, #mátamecamión, no cambiaría nada. Y cuando veo a los blanquiazules de nueva generación, los de ventitantos, me entra esa desazón inconsolable de pensar que no vieron cabecear a gol a Rommel, que no vieron a César Gómez secar a Ronaldo, que no vieron a Maradona desesperado por un equipo manejado por Redondo, que no sufrieron cuando Agustín dejó a su equipo sin portero en Auxerre, que no vieron a Buyo regalarle un gol a Pier, ni a Dertycia silenciando el Bernabéu en Copa.

Ojalá puedan alguna vez saber lo que se siente. Ojalá otro Javier Pérez.