Por @beatrizpalmero
Esta es una de esas semanas en las que cuesta sentarse a escribir, porque los acontecimientos parecen superar tu pequeño mundo que, de repente, parece más pequeño e insignificante que nunca comparado con las cosas que pasan ahí fuera, en el mundo de verdad, en el grande. Este es uno de esos tantos momentos en los que relativizas todo aquello que te rodea.
Y tus preocupaciones parecen banales cuando abres el periódico a primera hora y se estremece hasta el último músculo de tu cuerpo. Qué importa entonces que vayas atrasada con el trabajo que tienes que entregar en la universidad el viernes, qué estúpido parece ese agobio porque no has avanzado lo que deberías en ese curso de inglés que tienes dos meses para terminar, qué más da si tu jefe te vuelve loca si te encomienda unos quehaceres y cuando llegas de la calle ves que tienes otros distintos, qué importa si la pieza no ha salido ni por asomo como pretendías por falta de tiempo. Suena todo a vacío. A banal. A superficial.
Y en medio de toda esta vorágine informativa, de informativos desde París, reportajes detallados en los diarios, fakes y desmentidos en Twitter, recuerdo un artículo leído no hace mucho a Pérez-Reverte en el que venía a decir que estábamos inmersos en la Tercera Guerra Mundial y no nos dábamos cuenta. Lo rebusco en Google. Tal vez este pánico que recorre como un fantasma Europa, suspendiendo partidos amistosos entre selecciones es la prueba de que ya nos hemos dado cuenta. Francia bombardea no se sabe muy bien qué parte de Siria. No me quiero enterar. Todo esto me produce vértigo. Me agobia, de verdad. Y hasta me produce cierto rechazo consumir más información al respecto, pero no puedo dejar de hacerlo. Deformación profesional.
Salgo a la calle a respirar, a empaparme de mi mundo banal. Paso una buena tarde con mis amigas Vicky y Mariana de cháchara sencilla y hasta superficial y se me pasa el tiempo volando. Y de vuelta a casa me acuerdo de aquella mañana en Salamanca, cuando Bush junior autorizó los bombardeos en Irak mientras mi amigo Roberto y yo brindábamos con toda la sidra que pudimos. Antes de arrugar unas maravillosas papas negras con azúcar y echarlas a perder. Era diciembre de 1998 y volvíamos a casa después de varios meses, pero contentos y todo, no podíamos dejar de mirar cómo caían las bombas sobre Bagdag sabiendo que aquello era Historia, y la estábamos viviendo.
Y entonces me doy cuenta de que lo banal es la vida. Y que eso que ahora parece empequeñecer es, precisamente, lo que hace que sintamos miedo por perder la vida, por el terror indiscriminado, por la guerra, por perder las libertades que ya nuestros antepasados ganaron enfrentándose precisamente al fanatismo religioso. Al cristiano. Bendita superficialidad. Benditos amigos, bendito trabajo, bendita universidad y bendito pequeño mundo. Tenemos salud, estamos bien acompañados, tenemos un hogar en el que acurrucarnos con la persona que queremos, podemos ir este domingo al Heliodoro y preocuparnos por el Tenerife, y olvidar el resto del mundo durante dos horas. Y que disfrutemos nuestras banalidades por largo tiempo.