Por @beatrizpalmero
The future’s in the air
I can feel it everywhere
Blowing with the wind of change
En los años 90 aún se podían escuchar baladas en una disco. Inevitablemente te descubrías esperando a que, en aquel momento, alguien se acercara a ti y te sacara a bailar, no porque te gustara, ni porque quisieras especialmente bailar con nadie, que también, sino, simplemente, por premiarte con algo de autoestima, tan escasa siempre en la adolescencia. Fueron muchos ratos esperando mientras escuchaba aquellas canciones que siempre parecían tener algo que decirte. Una de mis favoritas era Wind of change, de Scorpions. La Europa del Este estaba cambiando drásticamente y su letra se convirtió en un himno de aquellos tiempos en los que la esperanza aún era más grande que la frustración. Aquella canción recordaba en aquel momento de incertidumbre que el pasado no era más que un puñado de recuerdos, que podíamos cambiar las reglas del juego y construir un futuro diferente, un futuro que flotaba en el aire, que balanceaba los aires de cambio.
Y es cierto que con los años he aprendido que no hay miedo peor que el que produce la perspectiva de un cambio, que es fácil instalarte en el área de confort y que solemos quedarnos con lo malo conocido antes que arriesgarnos a conocer lo bueno. Y esta canción, cada vez que la escucho, viene a recordarme que lo único inmutable es el cambio, como apuntaba Schopenhauer, y que lo necesitamos para sentir la magia de esta experiencia que es la vida.
La llegada de Martí ha traído ese aire que bajaba por el Moskva hacia el parque Gorky anunciando los cambios. Nos ha recordado que no todo es blanco y negro, que hay vida más allá de los que consideraban acertado todo lo que hacía Agné sólo porque había sido el sustituto de Cervera y se empeñaban en maquillar sus decisiones menos acertadas y de los que nos frustrábamos por ello. El pasado, pasado está, y el futuro está en el aire, viene con los aires de cambio.
Ha llegado algo nuevo, que viene limpio, sin vicios adquiridos, sin experiencia también, pero con un bagaje que muchos técnicos quisieran tener, con mucha ilusión. Bendita ilusión, esa que hemos olvidado entre futuras elecciones, intereses personales y guerras que sólo van en una dirección. No sabemos dónde nos llevará, si la apuesta, arriesgada de inicio, será ganadora o nos devolverá con más virulencia al tenso debate institucional, a ese tornado en el que todos los intereses giran en torno a las malas decisiones del club, que no son pocas, para esparcir los escombros a varios kilómetros a la redonda y expandir la idea del caos.
Prefiero aferrarme a esos aires de cambio que vi el domingo en el Heliodoro, a ese cariño que Martí supo ganarse en su momento y que puede ser un bálsamo en el entorno, a esa sensación de que al fin la afición remará con el equipo, apoyando al que ha vuelto con tan poca experiencia en el banquillo como experiencia tenía como jugador profesional cuando Rafa Benítez le dio los galones de capitán. Martí trae el fútbol, el bagaje, las ideas. Y en cierta forma ha sabido ponerse en las manos de Fabián Rivero e Iván Méndez que le aportarán el método, el orden, la planificación cuando lo necesite. Por ahora, hemos visto que ve el fútbol tan bien como lo veía de mediocentro y que sabe leer qué necesita el partido en cada momento. Sólo indicios que no deben, ni mucho menos, desatar la euforia. Pero, a fin de cuentas, el futuro está en el aire, sopla con los aires de cambio y, como en los noventa, dejaré que me lleve a sentir la magia del momento en una noche gloriosa en la que los niños del mañana comparten sus sueños. Son limpios.