Por @beatrizpalmero
Este fin de semana el deporte femenino volvía a ser protagonista. El Granadilla Tenerife Egatesa conseguía su tercer triunfo consecutivo y se permitía soñar, aunque fuera un instante, en convertirse en el equipo revelación de la temporada y no sólo en aquel que lucha por la permanencia. Antes, el Fígaro Peluqueros Haris debutaba en la Superliga Femenina de voleibol con una trabajada victoria ante el Barça. Y reconozco que cuando me senté a redactar sobre ellas para el Telenoticias me refería a ellas, inconscientemente, de una manera que detesto: Las chicas.
Porque, seamos sinceros, hablar de lo que han hecho las chicas de Toni Ayala, de David Martín, o de Ambrosio González cuando entren también en liza, encierra cierto tono paternalista, que no es más que una forma de discriminación hacia la mujer. Y me dirán que soy una exagerada, pero será, seguramente, porque nunca se han parado a pensar sobre ello. Yo no sé a ustedes, pero a mí en multitud de ocasiones, me han venido a preguntar que cómo quedaron las chicas. Desde las chicas del Marichal hasta las chicas del Granadilla. Y cabe suponer, y creo que supongo bien, que al hablar de ‘las chicas’ expresamos cierto cariño, lo que no me parece nada censurable, desde luego. Pero, ¿cuántas veces me han preguntado por los chicos? Reconozcámoslo, rara vez decimos los chicos de Agné, o los chicos de Alejandro Martínez, o preguntamos cómo de bien o de mal jugaron los chicos.
Y creo que la explicación es bien simple, entendemos que los chicos no necesitan tanto cariño porque, inconscientemente, tendemos a pensar que ellas están más desprotegidas, por lo que nos sale esa actitud paternalista de hombre que tiene el deber de proteger bajo su ala a las mujeres desvalidas. Y por supuesto que las mujeres deportistas están mucho más desasistidas que los varones. Ni gozan de la atención mediática que disfrutan ellos, ni tienen los mismos medios para practicar su deporte, ni, acabáramos, cobran lo mismo, ya no digamos si hablamos de fútbol o baloncesto. Por supuesto que están desprotegidas, la desigualdad entre hombres y mujeres es colosal, cómo evitar ese sentimiento paternalista, cómo no tratarlas con más cariño.
Voy más allá. ¿Cuántas veces decimos las futbolistas, las jugadoras, las mujeres en lugar de las chicas? ¿Por qué decimos los hombres de Agné pero no las mujeres de Ayala? La respuesta es obvia. Porque en nuestro imaginario lingüístico heredamos muchas expresiones con connotaciones sexistas y las usamos casi sin pensar. ¿Si decimos las mujeres de Ayala quién no pensaría en un primer momento que el entrenador es polígamo? ¿Se le ocurriría a alguien pensar que Agné es homosexual y tiene varias parejas? Claro que no. El lenguaje es, como nuestra cultura, fruto de la historia, y la mujer, hasta hace bien poco, tenía un papel bien distinto. Y así, hasta nosotras recurrimos a hablar de las chicas, porque nos parece natural, automático, emplear de esa manera la lengua.
Alguien a quien le contaba mis esfuerzos por eliminar el sintagma las chicas de mis textos me decía que era un esfuerzo inútil, que aún queda mucho que recorrer para que la lengua refleje el cambio de sociedad y que no nos correspondía a nosotros realizar ese cambio. Y aunque es cierto que Roma no se construyó en un día, discrepo. Alguien tiene que empezar a poner las primeras piedras. ¿Por qué no nosotros? En algún momento hay que darle al deporte femenino el lugar que le corresponde. ¿Por qué no empezar por el lenguaje? Tal vez nunca veamos el fin del camino porque nuestras vidas no son tan largas, pero siempre es mejor ir abriendo el sendero que quedarse sentado a esperar.