Por @JoseFelipem | Tenía 25 años pero parecía que llegaba a los 40. Predrag Spasic era un jugador atípico, que por su apariciencia física no parecóa un deportista de élite pero que, a pesar de todo, no era tan malo como se le recuerda. En España no tuvo suerte, pero venía del mejor Partizán de Belgrado y de hacer muy buen papel en el equipo del mariscal Tito. Todo lo que tuvo que ver con él tenía siempre un halo de surrealismo a su alrededor, como su propia llegada al Real Madrid.
Ramón Mendoza, por entonces presidente madridista, había pedido una serie de vídeos para ver a Dejan Savicevic, jugador del Estrella Roja, en uno de los derbis frente al Partizán pudo verse a un central de 1,90 metros, que, debido a su calvicie, algo que admitió el propio Mendoza, fue descartando en un primer momento al creer que tenía más edad de la que realmente era. Fue en el Mundial de 1990 cuando Alfredo Di Stéfano se fijó en él después de haber hecho un gran marcaja a Emilio Butragueño en el duelo de España con Yugoslavia. Mendoza no se lo pensó dos veces y lo fichó. El Marca lo vendió como el Agente Spasic, por aquello de darle un tinte de película de espías, pero lo cierto es que justo en ese momento comenzaba el calvario para el balcánico.
Por 200 millones de pesetas Spasic se convirtió en jugador blanco. Él, como no podía ser de otra manera, estaba entusiasmado con su llegada a España y con aquel apodo puesto por el Marca, como dejó claro en su presentación: «Nací el Día de la Seguridad de mi país. Cuando el entrenador me manda a marcar a alguien lo arresto, no toca más el balón». Arrestó a pocos.
Para el recuerdo quedará el derbi del Camp Nou del 19 de enero de 1991 cuando, con empate a uno en el marcador, el central conectó un certero testarazo que acabó…en su propia portería. Los aficionados del FC Barcelona, y de todos los rivales del Real Madrid, coreaban el nombre de Spasic en cada encuentro, utilizándolo como objetivo de sus burlas.
Después de jugar 22 encuentros con el Madrid, lugar de donde salió de manera prematura y, despechado, llegó a corear «Força Barça» preguntado por su etapa en la entidad blanca, firmó por el Osasuna, donde tuvo un rendimiento aceptable, antes de terminar jugando en Segunda, en el Atlético Marbella. De regreso a su país acabaría su carrera en el FK Radnički, un conjunto de la ciudad de Belgrado que pasa por ser como una de las entidades más antiguas del fútbol serbio.