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Amar en tiempos revueltos

Por @MaverickGold

Es curioso esto del fútbol. La percepción de la situación va en consonancia con la satisfacción interna que tú equipo te proporcione aunque no consiga lo que se busca cada jornada: ganar. El pasado fin de semana volvimos a tener la demostración de cómo se mueve la crítica con dos ejemplos claros y cercanos. El CD Tenerife ganó su segundo partido consecutivo, dejando de nuevo la portería a cero y ratificando una mejoría, que sin ser extraordinaria, asienta las bases del trabajo y la búsqueda de la senda por parte de su entrenador. El triunfo fue, obviamente, bien recibido por todos los seguidores blanquiazules, pero se le pusieron peros y salvedades.

Que si el juego no fue convincente, que si el rival -como ya pasó la semana anterior con la Llagostera- era un oponente muy débil…Enseguida salió la típica frase de que este triunfo que alejaba la borrasca del dique tinerfeñista, sería pan para hoy e inanición para mañana. Vamos que el Tenerife ganó, pero dejó dudas entre bastantes aficionados que solo vieron que gracias a Dani y al Choco Lozano se sumaron los tres puntos.

En el lado opuesto, y unas millas náuticas más allá del Heliodoro, la UD Las Palmas recibió elogios y múltiples halagos tras su derrota en el Camp Nou. «Derrota honrosa», fue por ejemplo uno de los variados comentarios entre prensa canariona y seguidores amarillos. 48 horas después del partido ante el FC Barcelona, el diario La Provincia de Gran Canaria llevaba a sus páginas un reportaje bajo este sugerente titular: «España y el mundo elogian a la Unión Deportiva». Leído así parecía que los de Paco Herrera habrían arrasado 0-4 al cuadro azulgrana, pero no, 2-1 fue el resultado como todos sabemos, algo que no impidió que los piropos de la prensa nacional e internacional fueran recogidos por los colegas de La Provincia. Claro, tiene mérito plantar cara al poderoso Barça, pero no deja de ser llamativo cómo un triunfo contundente del CD Tenerife se minimiza e infravalora y una derrota de la UD se ensalza a los altares del fútbol.

Tiene que ver con lo que escribo en las líneas iniciales de esta reflexión acerca de la doble lectura de la situación en función de la tendencia de los últimos tiempos. En Gran Canaria siguen de luna de miel con su equipo tras recuperar la Primera División después de 13 años de travesía por los callejones menos transitados del fútbol español. Todo es maravilloso y las derrotas se digieren sin problema (todavía). Ya veremos qué pasa si la dinámica se vuelve negativa y no llegan triunfos para sostener el amor cotidiano.

En Tenerife, el matrimonio entre equipo y afición está en una crisis de recelo continuo. Desconfianza, dudas y rutina acompañan a los seguidores que no han tenido motivos para sentirse recompensados en su relación desde hace años. Eso erosiona la relación y ha llevado a muchos al divorcio y poner tierra de por medio buscando otras satisfacciones fuera del matrimonio futbolero. Se gana pero ya no produce ese orgasmo prolongado, y en seguida llega la decepción producto de esa desconfianza. ¿Y si me está engañando? ¿Será esto flor de un día y volverá de nuevo a las andadas el próximo partido? Dudas, inseguridad y una sensación de infelicidad que no nos deja disfrutar de los buenos ratos. Así está una parte del tinerfeñismo desde hace tiempo, esperando que el idilio con su equipo vuelva a vivir días de vino y rosas y salir con la cabeza alta aunque pierdas en el Nou Camp.

Yo será que, mientras llegan esos días, me conformo con los pequeños ratos de felicidad que me deja ganarle a la Llagostera o al Mirandés. Eso sí, como en cualquier matrimonio debes exigirle a la otra parte que siga esforzándose para darte más, porque si no se cuidan los detalles en esos 90 minutos de clímax en la relación, se puede volver a caer en las redes del desamor. Porque en esto del fútbol se aplican parámetros similares a un matrimonio. Cuando te unes a un equipo mediante un abono o con lazos puramente sentimentales, debes saber que esa unión será en la salud y en la enfermedad, en las victorias y en las derrotas; eso sí, hasta que el cabreo y la indignación los separe.