Por @beatrizpalmero
Decía William Shakespeare que “los males desesperados se alivian con remedios desesperados, o no tienen alivio”. Y cierto es que la sensación generalizada entre los blanquiazules el domingo tras el partido en Palamós era alivio. Un alivio logrado con una victoria ante uno de los equipos llamados a pelear por no descender y con siete jugadores de corte defensivo en el once. Una solución desesperada a un mal desesperado: ser el equipo más goleado, con diferencia, en las cuatro jornadas de segunda división.
Lo que me pregunto ahora es qué va a pasar después del remedio desesperado. Obtenido el alivio necesario tengo curiosidad por saber si el técnico seguirá recurriendo a medidas excepcionales, si dejarán de serlo para convertirse en habituales o si buscará remedios menos alternativos. Sinceramente, no me imagino al Tenerife jugando en casa con seis defensas en el once más Vitolo. Entre otras cosas porque en esta isla nos empeñamos mucho en recordar los que nos gusta el fútbol ofensivo, y apelamos a la memoria selectiva trayendo a colación el Tenerife de Valdano, de Heynckes o de Oltra.
Yo, que desgraciadamente tengo más memoria de la que me gustaría (bien que quisiera a veces olvidar ciertos comportamientos para ser más política), sé que al final lo único que importa son los resultados. Porque ningún blanquiazul se acordaba del fútbol preciosista mientras el Tenerife salía del pozo de Segunda B o nos hizo soñar con los play off de ascenso en su regreso a la categoría de plata. Ya saben, no hay nada más cierto que aquella máxima de Javier Clemente, también exentrenador del Tenerife por si no se acuerdan, que decía que no perdía el tiempo en intentar jugar bonito, porque “lo bonito es la victoria”. Eso sí, en cuanto los resultados vienen mal dados, nos llenamos la boca con aquello de que nos aburrimos, de que el Tenerife no juega a nada más que a poner el autobús y a ver si suena la flauta en un contragolpe y bla bla.
Qué quieren que les diga. Yo quiero que mi equipo gane. Y por supuesto que, además, me encantaría estar orgullosa de su juego sin tener que ser un fútbol de toque. Hace dos temporadas, siendo un equipito modesto, me enorgullecía que todos los entrenadores temiesen al Tenerife por incómodo, por ser un rival difícil de batir. Ahora vienen dos recién ascendidos al Heliodoro con intención de hacer sangre porque los locales son vulnerables y porque, como ha reconocido su entrenador esta misma semana, aún no ha encontrado su identidad. Y eso es lo que más me preocupa. Que ahora ya no sé qué Tenerife me voy a encontrar ante el Mirandés, ni cómo definir el estilo que quiere imponer Raúl Agné. Volver a tener un estilo propio para mí es aún más importante porque “no hay alivio más grande que comenzar a ser lo que se es”, como decía el escritor y artista Alejandro Jodorowsky. Y creo que hay mimbres para dejar de recurrir a remedios desesperados y también para dejar de bostezar y de esperar a que nos despierten un par de buenos destellos de Suso Santana o de Choco Lozano. Creo yo.