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Caos y KO

El Tenerife es ahora mismo un equipo caótico. No sólo no ha sido capaz de jugar a nada en cuatro jornadas contra tres recién llegados de Segunda B sino que, además, ahora es capaz de suicidarse tácticamente antes de empezar un encuentro. La mezcla letal que mató ayer a los blanquiazules la cocinó Agné, al que todo lo bueno que se consiguió ver en pretemporada le duró dos balones parados puestos al área por el Numancia en la jornada inaugural.

A partir de ahí todo ha sido cuesta abajo. El equipo ha entrado en barrena y su entrenador, lejos de enderezarlo, ha ido variando el tratamiento cada semana para ver si, en una de estas, logra mejorar a un enfermo al que está matando un poco más con cada tratamiento que le administra sin ningún criterio. Es el Tenerife un equipo abonado ahora mismo a la ‘ley de Murphy’. Así que, si algo es susceptible de ir mal, pues sale aún peor.

El disparate ante el Real Oviedo comenzó por la alineación. El equipo salió ayer al Heliodoro con Suso de carrilero y Cristian, el teórico carrilero, jugando por dentro. Por si era poca temeridad, pues también dio Agné la alternativa en Liga a tres canteranos de golpe (Alberto, Jorge Sáenz y Jairo), coincidiendo con el momento en que el equipo es colista y contraviniendo cualquier recomendación de irlos acoplando con ‘viento a favor’ para evitar un exceso de presión en gente inexperta. Y, como remate final, pues dio galones de titular al argentino Tomás Martínez, por aquello de que el chico vaya cogiendo confianza cuando físicamente aún le queda mucho por adquirir para estar a su mejor nivel.

Ironías anteriores al margen, el resultado del abominable experimento fue rotundo. El Oviedo le pasó por encima al Tenerife en el cuarto de hora inicial de tal manera que parecía imposible asistir a un suicidio de esa magnitud. Suso, que está saliendo de una lesión y no se caracteriza precisamente por su recorrido (especialmente a la hora de volver) se encontró igual que un oso polar en el Congo jugando en esa demarcación. Y, como él, el resto de sus compañeros llegaba un segundo tarde a cualquier ajuste para intentar arrebatarle la pelota a un adversario que, crecido, inició una sinfonía de toques como la que es capaz de componer un equipo de adultos cuando se mide a un infantil.

Así las cosas, Linares ya había adelantado a los asturianos en el minuto 8 después de que, minutos antes, hubiese avisado de sus intenciones con un remate al larguero de un Dani Hernández que sigue siendo una caricatura del portero que era. En el 26 ya habían visto la amarilla Vitolo, Suso y Aitor Sanz como consecuencia directa de la impotencia y el desbarajuste táctico ideado por su técnico. Y, a partir de ahí, el partido fue un quiero y no puedo. El Tenerife era incapaz de salir con el balón jugado y, cuando lo hacía, lo perdía con una facilidad insultante. Apartado especial en este capítulo merece Aitor Sanz, generoso a la hora de devolver a los jugadores del Oviedo, una y otra vez, cualquier pelota que pasaba por sus pies.

A partir de ahí, Agné movió el banquillo buscando una mejoría que apareció solo fugazmente. Pero ya era tarde. El daño estaba hecho. Este Tenerife está noqueado y encajó el segundo gol, cómo no, a balón parado. Los jugadores no tienen confianza en lo que hacen y la mayoría de ellos son la antítesis de lo que fueron el curso pasado o hasta este verano. Así no van a ganarle a nadie. Y ahora sabemos lo que toca. Hay que tomar medidas. Hoy mejor que mañana porque duele comprobar, desde la cuarta jornada, que tu equipo es un caos y ya está k.o.