Seré breve. Siempre recordaré el año en Primera División, en los años 90, cuando el Tenerife con un elenco de estrellas empezó a perder partidos como si no hubiera mañana y, semana sí y semana también, los Emerson, Juanele y compañía acompañaban sus comparecencias en las salas de prensa con esa coletilla que tanto me chirría: «estamos empezando». Y yo me pregunto, ¿estamos empezando a qué? ¿A preparar el desahucio, a inmolarnos deportivamente, a trabajar el ascenso del año 2060?
Por aquel entonces, mi buen amigo Sebastián Cutillas siempre repetía en las tertulias deportivas que basta que nos creamos esa afirmación para permitir que la nieve empiece a descender por la colina, atraparnos y hacer de nosotros una bola enorme que rueda a gran velocidad hasta el final de la montaña. Vamos, que estamos proa al marisco. Sí, estamos empezando a pensar que posiblemente el técnico ha entregado el bolígrafo y la pizarra. Que hace falta un chorro de energía. Un Lillo. ¿Dónde está Lillo? ¡Qué venga!
Llevo desde ayer llorando de la nostalgia porque vi a Latorre poner como foto de perfil de su Twitter una imagen suya con la camiseta blanquiazul. Y se me vino a la cabeza aquellos años. ¡Cuándo vamos a volver a jugar así! ¿Es tan complicando tener claro que estamos hecho con un ADN concreto? 4-4-2 y a por todas. ¿Es tan difícil? Veo que sí. Estamos empezando a pensar que la situación está muy complicada y también estoy empezando a creer que tenemos la mejor afición del mundo. Porque cuatro partidos como estos lo único que dan ganas es de darse la vuelta en el campo. Confío en que esto cambie. Estoy empezando a esperar por ello. Que sean las mejores decisiones posibles. Las necesitamos. Para empezar a pensar, de verdad, que la competición nos ha hecho un feo para dejarnos remontar lo antes posible.