El Tenerife ha abierto el curso de una manera decepcionante. Si hay algo peor que encajar una vergonzosa goleada en la primera jornada es debutar también ante tu público con otra derrota, agravada porque el Nástic, un recién ascendido, fue capaz de remontar el tanto inicial del ‘Choco’ Lozano y porque reaparecieron algunos errores de los que costaron muchos de los goles en Soria.
El calendario está siendo benévolo con los blanquiazules y ahora visitan al Huesca, otro recién llegado desde la Segunda B. Está claro que ningún equipo en esta categoría le va a poner las cosas fáciles a nadie, pero El Alcoraz es una de esa plazas en las que, cuando sale el calendario, empiezas a relamerte con la opción de que el equipo de tus amores sea capaz de, como mínimo, puntuar.
En el fútbol hay mandamientos y leyes no escritas que conviene recordar en estos momentos en los que la palabra crisis comienza a desarrollarse y en los que los más radicales y menos pacientes comienzan a reclamar la salida a escena de la guillotina.
El año del último descenso a Segunda B salió la afilada cuchilla a pasear varias veces y ese método no detuvo la caída. Ninguno de los cuatro entrenadores que desfilaron aquel curso por el banquillo del Heliodoro fue capaz de salvar a un club que fue a la deriva y de cambio de sistema en cambio de sistema durante la mayor parte del campeonato.
No estoy diciendo que este ejercicio vaya a resultar tan nefasto como aquel, pero creo lo mejor en estos casos es intentar dar un giro hacia aquellas cosas que han hecho funcionar a este Tenerife. Las aventuras y los bandazos no suelen ser sinónimo de éxito en este deporte. Sobre todo porque otra de las leyes no escritas del fútbol dice que es mejor morir con tus ideas que modificarlas. Viene esto a cuento porque si Agné se empeña en que este equipo avance a base de golpes de timón va a terminar por dar esa sensación a la grada y, peor aún, a sus propios jugadores que son los que tienen que tener una fe ciega en él.
Al Tenerife le han ido bien las cosas desde que llegó este entrenador cuando tenía la voluntad de hacerse con los partidos. De hecho, lo que más se le aplaudió a este técnico es que al conjunto, que nunca dejó ni medio metro sin correr, se le veía de forma clara la intención y la voluntad de hincarle el diente a cada encuentro casi siempre. Sin locuras y sin dispendios ofensivos, pero tampoco como ahora, con sucesiones estériles de pelotazos a ninguna parte.
Echo de menos ahora esa voluntad de recuperar la idea futbolística que tanto bien le hizo al Tenerife hace unos meses, la identidad que lo llevó a salvarse del descenso en el último curso y a dar una sensación agradable en casi todos los partidos porque, como dijo Valdano, los puntos vienen casi siempre ligados a cosas del fútbol más que a jugar a contrarrestar al adversario. Por eso, ahora que aún hay tiempo, yo apuesto por un regreso al pasado.