Esta semana tuve la oportunidad de visitar por segunda vez en mi vida la ciudad de Roma. La de Roma y también la del Vaticano. Como cada miércoles, el Papa Francisco sale a la plaza y comparte una homilía con los miles de asistentes que allí se dan cita. Yo, esta vez, entre ellos. He de decir que este Papa me mola. Me parece moderno y transgresor y yo, que soy del 77, me parece un fenómeno. Además es argentino así que entenderá, como yo, lo importante que es un buen asado como los que hacen mis amigos Ruggiero, Martínez y Bertol: el tridente mágico.
Al Papa le pedí algunas cosas. Entre ellas que nos diera una buena temporada a los aficionados del Tenerife. Creo que en algo fallé porque después del descalabro del domingo pasado, si le sumo este la cosa se me pone cuesta arriba. Debe ser que estamos llamados a ser penitentes durante un tiempo y convertirnos en el sufrido filial del Atleti de mi hermano Felipe. Si llego a saber que esto iba a pasar, me gasto todas las monedas que hubieran sido necesarias para prender cuantas más velas mejor dentro de la Basílica de San Pedro, Santa María la Mayor, etc…
Lo de este domingo ha sido un despropósito en toda regla y creo que el entrenador lo sabe. Adelantarte en un partido y que te hagan la pirula otra vez, malo. Como bien dice el Choco, algo se está haciendo mal y es necesario reconocerlo. Sí, la función del chico es marcar goles. Pero la del entrenador es acertar en los momentos más importantes. Y en esta, míster, no ha habido suerte. Confío en que la cosa cambie aunque vamos a una tierra que usted y yo queremos como es Aragón. En Huesca no nos esperan precisamente con los brazos abiertos y aquello puede convertirse en una ratonera. Ojalá que pronto recuperemos el ánimo. La gente lo necesita. No más años de agonía y tensión alta. Dennos una alegría aunque tenga que volver a Roma a darle las gracias a Francisco. Ganas no me faltan. Bonita ciudad aquella.