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Las lágrimas de Aridane (7-7-15), @beatrizpalmero

Por @beatrizpalmero

Reconozco que soy incapaz de ver llorar a nadie. No sé si es que soy muy empática, que me enternezco pronto o que soy una sentimental. Puede que un poco de las tres cosas. Pero cada vez que voy a una rueda de prensa de despedida en la que alguien acaba diciendo adiós entre lágrimas, acabo yo también secándome las mías como una idiota. Así que esta semana tengo que agradecer estar de vacaciones, porque sólo con lo que vi en el Telenoticias 2 del lunes se me rayaron los ojos.

Claro que coincide, además, que aquellos que no tienen reparos en mostrar su tristeza por su marcha son tipos excelentes. No sólo sensibles, sino también íntegros, trabajadores y, sobre todo, cariñosos, porque esas lágrimas demuestran el amor que han llegado a sentir por una camiseta. Por eso no me sorprende que Aridane se marche entre lágrimas. Se le podrá discutir más o menos como delantero, pero jamás como jugador. El grancanario se ha vaciado siempre sobre el campo, con mayor o menor acierto, adaptándose a las necesidades del equipo y a sus propias carencias y virtudes. Fue pichichi y pilar básico para el ascenso del Tenerife a Segunda División, supo ser el secundario perfecto para Ayoze Pérez y sobrellevó su suplencia como un profesional, sin levantar la voz, sin dejar de ser el primero en bromear en cada entrenamiento y sin dejar de apoyar a sus compañeros, que no han dudado en despedirlo en redes sociales con el mismo cariño y respeto que Aridane mostró siempre. Respeto que se ha ganado a pulso porque es probablemente la palabra que mejor resume todo lo que acabo de enumerar. Respeto a sí mismo, a sus compañeros, al entrenador y, sobre todo, a la afición, que en tramos de la temporada le pitó hasta la saciedad y hacia la que jamás tuvo ni una sola palabra de reproche, aun sintiéndose tratado injustamente.

También ha sido siempre respetuoso con nosotros, con los medios. Nunca con malas palabras, nunca dando excusas y, aunque se ajustara estrictamente al guión y no diera grandes titulares, siempre dispuesto a colaborar. Reservado, que no tímido, con los periodistas, me quedo con algunos momentos. Él nombraba su gol el día de su debut al Alcalá, el ascenso en L’Hospitalet, su primer gol como profesional al Barcelona B. Yo me quedo con una imagen suya en un reportaje junto al cañón Tigre que dejó sin brazo a Nelson. Y su reticencia a hablar de sus logros personales mientras el Tenerife no fuera equipo de Segunda. Ese era Aridane, pensando siempre en el interés del grupo. Lástima que para muchos haya pasado desapercibido hasta ahora. Y si en el momento del adiós han podido ver al fin lo blanquiazul que siempre ha sido bien habrán servido unas lágrimas. Porque, como decía Stendhal, “las lágrimas son la última sonrisa del amor”. Y así sonreía al club que le permitió jugar en el fútbol profesional. A profesionales así sólo cabe desearles mucha suerte. La que merecen.