La ingrata despedida de Casillas del Real Madrid me ha hecho pensar estos días en el desprestigiado plano sentimental del deporte profesional. Se habla a menudo de la deshumanización del deporte de élite, subrayando ese déficit emocional y de alma que le aleja de donde supuestamente reside la autenticidad y la esencia de todo. No obstante, llama la atención que muchas veces sea la misma gente que lamenta esas cosas con tanto énfasis la que aproveche para ridiculizar y desacreditar cualquier muestra de afecto cada vez que un futbolista exterioriza sus sentimientos en un partido o una rueda de prensa.
Nunca me molestaron las lágrimas del futbolista que se despide o los gestos del que decide no celebrar un gol o besarse el escudo. Quizás sea ingenuo, pero los interpreto como pequeñas reliquias sentimentales en un mundo –coincido con la tesis generalizada- en el que la economía y los intereses empresariales han ido pisoteando el vínculo emocional del jugador con sus colores. Son esos pequeños detalles los que me hacen pensar que, en el fondo, bajo los coches de lujo y las montañas de pasta, aún respira un aficionado tan enamorado del fútbol como el común de los que le animan desde la grada.
Pero hay gente para todo. De ahí que no sean pocos los que estos días también insisten en desacreditar la autenticidad de los sentimientos de Casillas. Hay gente a la que le resulta inconcebible que un profesional de élite conserve intactas las emociones por su club. Ni siquiera cuando, como es el caso, se trata de alguien que no ha conocido más equipo que el que le fuerza ahora a despedirse. Nunca he creído que el dinero sea obstáculo para mantener el cariño por unos colores por mucho que los avatares profesionales le conduzcan por otros caminos. Aunque es obvio que otros piensan diferente. Tanto como para que muchos de los que dudan del madridismo de Casillas o del Bosque proclamen a los cuatro vientos el de gente de paso como Mourinho. Lo dicho, gente para todo.