La gente. De todo lo sucedido el domingo pasado en el Heliodoro, lo más significativo sin lugar a dudas fue la escasa asistencia de público tras el llamamiento a la desesperada de todos los sectores relacionados con el Tenerife. Ni el dramatismo del partido, ni las facilidades ofrecidas por el club, ni la presencia constante en los medios fueron suficientes para movilizar a una afición cada vez más cansada y aburrida. Por mucho que apelemos al sentimiento y a las emociones el fútbol sigue perteneciendo al campo de la diversión y el ocio. Sin ilusión, la asistencia a los partidos se reduce a una costumbre arraigada en unas pocas familias de la Isla. Podemos pedir cada día todo el apoyo del mundo para el equipo pero mientras asistir al Heliodoro sea lo mismo que acompañar a un pariente enfermo la grada seguirá semivacía. Por muchos e indignados golpes en el pecho que nos demos.
Ilusos. La caía del equipo en la clasificación nos ha devuelto los reproches y los debates de culpabilidad de hace unos meses. Quizás el espejismo de reacción tras la llegada de Agné hiciera concebir esperanzas de otra cosa pero la realidad es que una temporada como la actual sólo podía concluir de esta manera. Es la temporada del despido de Ayoze Díaz, de los desplantes de Jacobo o del sinsentido del fichaje del hondureño. La temporada del ruso García, la de las cantadas de los porteros y la del fichaje estelar y posterior baja de Uli Dávila. La temporada del cerverismo y del anticerverismo, de las campañas de acoso y derribo, de las defensas extremas. Pretender que semejante panorama iba a cerrarse ahora sin ninguna clase de sufrimiento es poco menos que una utopía. Una utopía que en la que, en todo caso, creíamos hasta hace escasas semanas. Qué ilusos somos.
Sabadell. No hay demasiadas razones para ser optimista a sólo unas horas del partido ante el Sabadell. Sólo la imprevisibilidad del fútbol y esa costumbre que tiene de negarnos lo que parece que va a suceder puede sugerirnos algo distinto a un mal resultado. Por lo demás, la tendencia del equipo, los escasos argumentos futbolísticos y las pobres soluciones que viene ofreciendo el entrenador presagian otra decepción para esta noche. Llama la atención lo rápida y violentamente que cambian las sensaciones en el fútbol. Hace un mes escaso un partido como el de Sabadell podía ser saludado con cierto escepticismo pero nunca con el pesimismo lapidario que se detecta ahora en el ambiente. Esa victoria en la que casi nadie cree mientras escribo voltearía con toda seguridad las sensaciones iluminando el camino de salida. A esa luz improbable nos aferramos los aficionados en las horas previas al partido.