Raúl Agné dijo al concluir el partido frente al Alcorcón que sentía impotencia. No hay forma de conseguir una dichosa victoria y el Tenerife ya es el equipo de la categoría que lleva más jornadas consecutivas, ocho nada menos, sin ganar. La semana pasada escribía que me encomendaba a un acto de fe para seguir creyendo. Pero ahora, tras lo que sucedió ayer en el Heliodoro, me siento frustrado. Mucho.
La inercia actual de empatar en casa y perder fuera sabemos dónde nos lleva, así que me ahorro escribirlo. Y por juego y fútbol el equipo tampoco da la sensación de ser capaz de salir de donde está. Al menos si el rival juega con 11. Tras el gol del Alcorcón en el minuto 1, el único recurso para generar algo fue poner el balón arriba desde los centrales. A ver qué pasa. Como si al choque le quedasen segundos y no 89 minutos por delante. Con ese argumento, los blanquiazules demostraron que están tiesos de ideas y que la ansiedad es una incómoda compañera de viaje para afrontar lo que resta hasta que acabe esta maldita temporada.
La sangría pudo ser aún peor si el árbitro pita un penalti en el área del Tenerife o expulsa a Hugo Álvarez por su innecesaria acción ante un rival. Pero como esta Liga le debe tanto a este equipo en el capítulo arbitral, ayer decidió hacerle un guiño al borde del descanso. Verdés derribó a Maxi dentro del área. Penalti y segunda amarilla para el defensa madrileño. Gol de Vitolo y partido nuevo con ventaja numérica.
Con toda la segunda mitad por delante, los locales lo intentaron de todas las maneras que saben. Un esfuerzo tan titánico como estéril, pero irreprochable en cuanto a compromiso y entrega. Fue la única manera de ser superior ante un Alcorcón que, con diez, se encomendó a su portero y a marrullerías auténticamente asquerosas para sobrevivir en el partido. El equipo de Bordalás se olvidó de lo bien que lo había hecho con el balón hasta el empate y sucumbió al toque de caballería del Tenerife. El asedio fue permanente pero, igual que sucedió otras veces, no hubo manera y sobre el césped se proyectó, por enésima vez, el ‘día de la marmota’.
Aridane le dio otro aire al equipo. Con mucha más presencia que Abdón, para olvidar salvo en el pase que da a Maxi en la jugada que origina el penalti, el grancanario disparó al poste sin ángulo y dio mucho más trabajo a los centrales adversarios que el balear. Pero como el Tenerife está divorciado con el gol, salvo desde el punto de penalti, pues siguió desperdiciando ocasiones. Suso tuvo dos, pero confirmó que lo suyo no es la definición. La más clara, un mano a mano con el meta del Alcorcón, la resolvió con un disparo a romper que ni siquiera fue entre los tres palos. Su desesperación tras esa acción fue el reflejo de todo el equipo y la grada cada vez que hay que jugar en casa.
Quiero ser optimista pero, a falta de evidencias para mantener la fe, no vendría mal rezar para que los intangibles de este deporte nos sonrían; eso o encomendarnos a que el rival se quede con 10 o nos piten más penaltis. Es lo único que puede desnivelar la balanza. La propuesta futbolística actual, la ineficacia en los numerosos saques de esquina a favor y la preocupante falta de puntería son males que, poco a poco, devoran a este Tenerife. Es cierto que el empate de ayer te aleja un punto sobre el descenso y que ahora hay un margen de tres, pero toca doble salida fuera de casa ante Sabadell y Gijón. Y eso, por desgracia, ya sabemos que es sinónimo de acabar frustrados. Ojalá y cambie la racha ya mismo.