Por @beatrizpalmero
Decía el uruguayo Eduardo Galeano que el portero “bien podría ser llamado mártir, paganini, penitente o payaso de las bofetadas” porque es el único jugador al que nunca perdona la afición: una sóla pifia y “el público olvida súbitamente todas sus hazañas y lo condena la desgracia eterna”. Si a esto añadimos que el fútbol es un desmemoriado, obtenemos miles de ejemplos que citar para ilustrar su teoría. El más reciente, sin duda, es el de Casillas, que ha pasado del San Iker en las portadas al #CasillasVeteYa como trending topic en Twitter.
Pero no hace falta irse muy lejos. Esta temporada se podría escribir un libro de relatos sobre errores, incidencias o contratiempos en la meta blanquiazul. Al primero lo podríamos titular ‘El misterio de Iván Crespo’ e inventar una rocambolesca historia sobre el portero que no llegó a serlo. Luego podríamos acudir a la mitología griega en la que los dioses se humanizaban tan frecuentemente para salirse con la suya y comparar así a Jacobo con Apolo, que se encargó de que la flecha de Paris se clavara en el punto débil de Aquiles: el talón. Tras sus primeros errores, que costaron cuatro puntos (Ponferradina y Albacete), nos despistó reconociendo que aquella pelota podría pararla su hija, pero su exceso de sinceridad y su defensa del técnico frente a la afición le puso en el punto de mira y los dos goles encajados en Valladolid y su mal gesto con Cristo González le devolvieron al Olimpo.
Recurriríamos a la ternura para hablar del regreso de Roberto a la portería blanquiazul justo en la semana más difícil para él, lo que sumado a su gran actuación en el derbi nos llevaría a pensar tal vez en ‘El decimotercer trabajo de Hércules’, porque levantarse de un golpe tan duro y ser tan profesional lo equipararía a cualquier hazaña de cualquier héroe griego capaz de sobreponerse al castigo de cualquier dios. Claro que no hay héroe sin villano y, como bien apunta Galeano, “el goleador hace alegrías y el guardameta, el aguafiestas, las deshace”. Y en Pamplona empezó a escribir el capítulo de la caída en desgracia del héroe. Entonces fue fácil olvidar sus buenas tardes, sus buenos reflejos, para recordar sus errores, su inseguridad en los balones por alto y murmurar cada domingo. La lesión fue la forma menos cruel de poner fin a aquella historia sobre desencuentros en la que el icodense pasó del todo a la nada.
‘La incertidumbre’ llegó con al jovencísimo Carlos Abad-Hernández, que también cometió sus errores, pero se encontró con la indulgencia del que le mira como quien ve a David contra Goliat, capaz de suplir su inexperiencia en batalla por la fe en el talento propio. El portuense aportó seguridad en los balones aéreos y se fue agigantando en la meta, dejando en la caja, como Pandora, la esperanza sobre el gran portero que puede llegar a ser. Pero ya saben que la historia se repite y, como Roberto, se encontró con una lesión.
En el mercado de invierno llegó ‘El Deseado’ que, afortunadamente, salió mejor que Fernando VII tras la Guerra de la Independencia. Dani Hernández ha mantenido con solvencia la paz y, de momento, no ha probado la mala suerte. Este fin de semana nos abandona y el elegido para sustituirle parece ser Carlos. Pero con tan poca memoria, debemos estar preparados para lo peor. Un solo error y el fútbol no recordará sus anteriores hazañas ni la esperanza que trajeron. Es la maldición del portero. Y en esta isla ya ha fagocitado a demasiados este año.