Por @juanjo_ramos
Alguna vez he escrito que empecé a ir al Heliodoro con tres años. Me llevaba mi padre, que fue el que me inyectó el veneno birria en el cuerpo. Desde pequeñito, busqué a ese ídolo en el que confiar. Ese goleador al que animar y casi adorar. Fue Lasaosa el primero, aunque aquel era un Tenerife de andar por casa. Muy parecido al de ahora por cierto. Sin grandes aspiraciones en Segunda y con una plantilla algo ecléctica.
Hubo otros buenos atacantes como Chalo, pero mi primera gran referencia fue Rommel Fernández. ¡Cómo saltaba! Jamás vi otro ariete manejar tan bien los tiempos en el área, elevándose sobre los rivales y permaneciendo ahí arriba más tiempo que ellos para acabar cabeceando a la red un centro tras otro. Le vi desatascar partidos y hasta remontar un 0-2 contra el Figueres el año del mágico ascenso a Primera con Benito Joanet.
Llegó luego Juan Antonio Pizzi que, aunque denostado en sus primeros pasos por la Isla (suele suceder), acabó siendo Bota de Oro en una temporada para enmarcar. Fue en la 95-96, la de la segunda clasificación tinerfeñista para la Copa de la UEFA. Costó llenar su hueco, aunque la magia de Juanele permitió que brillara el nombre de nuestro equipo al año siguiente en el Viejo Continente. Tanto que su ausencia en Gelsenkirchen resultó determinante para la eliminación ante el Schalke 04.
Makaay, Barata o Marioni fueron intentos frustrados de encontrar un nuevo líder. Rindieron bien y aportaron goles, pero no encabezaron la consecución de grandes objetivos. El holandés fue más famoso después de su marcha, el brasileño por su pasaporte y el argentino por su extraordinario carácter competitivo y ese inolvidable gol a Las Palmas.
Pero fue Veljko Paunovic el siguiente en conquistar mi corazón de aficionado. Estuvo solo una temporada y tampoco se logró la meta del retorno a Primera como estaba planificado. Pero aportó tanta calidad, que fue un orgullo verle vestido de blanquiazul.
Pasaron otras cuatro temporadas de vacío, aunque con algún buen delantero de paso como Keko, hasta que llegó el siguiente ídolo. Y el último para el tinerfeñismo: Juan Francisco Martínez Modesto, Nino. Sus cifras realizadoras (19, 29, 14 y 17 dianas) lo dicen todo. Sembraba el miedo en el rival y la confianza en su afición. Metió goles de todos los colores y lo hizo en citas importantes: derbis, partidos atascados, decisivos…
Se fue aplaudido por una afición castigada con un sonrojante descenso a Segunda B. Dolido por no haber podido evitar semejante humillación y perdonando importantes cantidades de dinero. Su estela es tan grande que ni el fulgurante año de Ayoze Pérez o la llegada de Diego Ifrán han hecho olvidar su extraordinaria aportación.
Este domingo regresa al Heliodoro. A su casa. Seguro que la afición sabrá recibirle como se merece y, aunque sea rival durante 90 minutos, nunca será enemigo. Me preguntaba esta semana qué sentiría él al volver. Cuando se emocionó al escuchar este jueves en Radio El Día la narración de su gol al Xerez, quedé respondido. No hicieron falta palabras.
P.D. Gracias Dios Nino. Costará encontrarte sucesor.